Dicen que uno mejora con los años. Que el tiempo pule, que la vida enseña, que los años traen sabiduría. Suena bonito. Casi tranquilizador. Pero no todo mejora solo por esperar. Ni todo lo que envejece se vuelve valioso.
Un vino, para envejecer bien, primero tuvo que ser bueno. Y un vino joven, cuando es bueno, no se guarda: se disfruta a tiempo. Hay cosas que solo se viven bien cuando están frescas. La energía, el cuerpo ligero, la imprudencia, esa sensación de invencibilidad que no pide permiso ni piensa en consecuencias.
Después vienen otras notas. Más profundas. Más complejas. Vienen también los achaques, las hormonas que ya no negocian igual, la acidez estomacal que aparece sin invitación y una conciencia más clara de lo que cuesta todo. No es peor. Es distinto.
Los años no garantizan sabiduría, madurez ni gracia. Solo garantizan que pasó el tiempo. Lo que marca la diferencia es cómo lo viviste. Cómo te fermentaste. Con qué experiencias te mezclaste. Qué partes tuyas cuidaste y cuáles dejaste respirar.
Porque no todas las arrugas vienen con historia, y no todo lo viejo es valioso. A veces solo es viejo. Y no se convierte en vintage.
Por eso hoy no celebro los años como una medalla automática. Celebro haber sabido disfrutar lo joven y aprender a habitar lo que vino después. Y si me vas a comparar con un vino, que sea uno con carácter, con notas intensas. Uno que al principio te haga fruncir el ceño, pero luego te deje pensando.
Uno que no se toma a la ligera. Uno que nunca fue barato, ni cuando era joven. Que el paso del tiempo no me ablande ni me endurezca. Que solo me vuelva más sabrosa.
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