En Sri Lanka aprendí que la espiritualidad puede viajar cómodamente en el tablero de un tuk-tuk morado.
Nuestro guía, Tharanga, manejaba con esa calma misteriosa que tienen algunas personas cuando están haciendo algo que a los demás nos parece ligeramente suicida. El tráfico alrededor era una coreografía caótica de autobuses enormes, motocicletas que aparecían de la nada, peatones cruzando con fe absoluta en el destino y otros tuk-tuks que parecían haber firmado un pacto colectivo para tocar la bocina cada tres segundos.
Mientras él zigzagueaba con la naturalidad de quien ha hecho eso toda su vida, yo trataba de relajarme recordando que millones de personas sobreviven diariamente al tráfico de Colombo. Fue entonces cuando miré el tablero frente al volante… y entendí que Tharanga no estaba manejando solo.

Ahí estaba Buda, con su serenidad imperturbable. A su lado, Ganesha, con su cabeza de elefante y su fama de quitar obstáculos —lo cual, en ese tráfico, parecía una habilidad muy útil—. Un poco más allá, Garuda, mitad hombre y mitad ave, listo para levantar vuelo si las cosas se complicaban demasiado. Y entre ellos, perfectamente integrados, un Jesucristo con su mano levantada en señal de bendición y una Virgen que también vigilaba el camino desde su pequeño pedestal.
Era, sin exagerar, el comité interreligioso más eficiente que he visto.
Le pregunté a Tharanga si todos eran suyos. Se rió con una simplicidad que parecía resolver siglos de discusiones teológicas en una sola frase:
“Mientras más protección, mejor”.
Y seguimos avanzando.
Mientras el tuk-tuk se abría paso entre el caos con una mezcla de habilidad, intuición y probablemente algo de intervención divina colectiva, yo miraba ese pequeño altar improvisado y pensaba que, curiosamente, ese tablero tenía más convivencia religiosa que buena parte del mundo.
Reconozco varios de esos nombres. Conozco las historias, los templos y las tradiciones que los rodean. Pero, mirándolos ahí juntos, compartiendo espacio sin ningún drama, me vino una idea muy simple: si a todos esos dioses les quitáramos el nombre, el idioma en que se les reza y la historia particular que cada religión construyó alrededor de ellos, probablemente descubriríamos que el mensaje central no es tan diferente.
Casi todos, de una forma u otra, terminan apuntando al mismo lugar: amar más, tener compasión, cuidar al otro, intentar no hacer daño innecesario y esforzarse por ser hoy un poquito mejor de lo que uno fue ayer.
Nada demasiado complicado.
Lo complicado lo hemos puesto nosotros.
Porque los humanos tenemos un talento particular para discutir por el nombre del camino en lugar de caminarlo. Convertimos las creencias en banderas, las banderas en fronteras y, de repente, lo diferente deja de ser interesante y pasa a ser sospechoso, incorrecto o incluso peligroso.
Mientras tanto, en el tablero del tuk-tuk de Tharanga, Buda, Ganesha, Garuda, Jesucristo y la Virgen viajaban juntos sin ningún problema, como si la diversidad espiritual fuera lo más natural del mundo.
Y tal vez lo es.
Quizás el nombre cambia, la historia cambia, la cultura cambia… pero el centro casi siempre termina siendo el mismo:
Amar más.
Tener más empatía.
Y evolucionar un poquito.
Ser hoy mejor de lo que éramos ayer.
Confieso que desde ese día me gusta la idea de ese pequeño altar improvisado. No porque necesite tantos dioses vigilando mi vida, sino porque me recuerda algo sencillo: el viaje puede ser caótico, el tráfico del mundo a veces es un desastre… pero cuando el propósito es avanzar con un poco más de amor y humanidad, parece que siempre hay espacio para que todos viajen en el mismo tuk-tuk.
Fue hermoso cómo Tharanga, con su altar lleno de dioses, decidió que dos desconocidos del otro lado del mundo —quizás solo porque llevábamos camisas típicas iguales— también podían ser familia.
