Yo no soy fan de cocinar. No me relaja, no me inspira, no me conecta con mi energía femenina ancestral. No me gusta oler a cebolla, no me gusta el reguero y odio profundamente cuando digo “es algo sencillo” y termino fregando como si hubiera alimentado a un batallón. Pero cuando cocino, lo hago con amor. Y ahí empiezan los problemas. Quizás porque desde el inicio estoy decidiendo que el otro tiene que recibir el amor y el trabajo, sin importar el resultado.
Porque para un buen sofrito —según la humanidad entera y todas las abuelas del Caribe— hay que empezar con lo básico: cebolla, ajo, ají gustoso, cilantro, aceite. Y siempre hay ese momento en que una, sin receta ni permiso, le echa “un chin más” de algo, convencida de que esta vez sí va a quedar perfecto. No siempre queda, pero una insiste. El orden importa: primero la cebolla, hasta que se pone transparente, ese momento engañoso donde una piensa “mira qué bien me está quedando esto”. Luego el ajo, con cuidado, porque si se quema amarga todo, como cuando uno dice “no es nada” y se te está derrumbando el mundo por dentro. Después el ají gustoso, que no pica pero avisa; el cilantro, que perfuma el aire y te hace sentir competente por cinco minutos; y el aceite, que lo une todo y te da falsa seguridad.
El problema es que mientras mueves el caldero, una se pone filosófica y ahí es donde la vida mete la cuchara. Porque sin darte cuenta, le echas el mismo sofrito a todo: a la comida, a la gente, a las relaciones, a los planes. La misma intención, la misma receta, el mismo “yo hago esto con amor, así que debería funcionar”. Y la realidad es que no siempre funciona. La cebolla sigue siendo cebolla, y el amor no neutraliza alergias emocionales del que no soporta la cebolla.
Pero otras veces pasa lo contrario. Como ayer, que hice una crema de vegetales con pollo, de un color indefinido entre verde y beige, de esos que no invitan pero piden confianza. A la primera cucharada dijo “así está bien”, ese “así está bien” que suena a educación más que a entusiasmo. Yo lo acepté en silencio, hasta que repitió. Y ahí entendí que no todo lo que se ve raro sabe mal, y que a veces el sofrito funciona aunque una no apueste ni por él.
Y en ese ir y venir entre el fracaso y la sorpresa, una aprende que no todo se cocina igual, no todo se sazona igual y no todo el mundo quiere cebolla, aunque tú la sofrías perfecto. La magia de un buen sofrito —y de una buena vida— está en saber cuándo cocinar con amor y cuándo preguntar primero: “¿Tú comes cebolla?”. Porque a veces amar también es cambiar la receta, aceptar el fracaso y pedir pizza. Y sí, uno aprende más moviendo el caldero que leyendo el manual, porque mi sofrito no tiene siempre que gustarle al otro.