• Yo no soy fan de cocinar. No me relaja, no me inspira, no me conecta con mi energía femenina ancestral. No me gusta oler a cebolla, no me gusta el reguero y odio profundamente cuando digo “es algo sencillo” y termino fregando como si hubiera alimentado a un batallón. Pero cuando cocino, lo hago con amor. Y ahí empiezan los problemas. Quizás porque desde el inicio estoy decidiendo que el otro tiene que recibir el amor y el trabajo, sin importar el resultado.

    Porque para un buen sofrito —según la humanidad entera y todas las abuelas del Caribe— hay que empezar con lo básico: cebolla, ajo, ají gustoso, cilantro, aceite. Y siempre hay ese momento en que una, sin receta ni permiso, le echa “un chin más” de algo, convencida de que esta vez sí va a quedar perfecto. No siempre queda, pero una insiste. El orden importa: primero la cebolla, hasta que se pone transparente, ese momento engañoso donde una piensa “mira qué bien me está quedando esto”. Luego el ajo, con cuidado, porque si se quema amarga todo, como cuando uno dice “no es nada” y se te está derrumbando el mundo por dentro. Después el ají gustoso, que no pica pero avisa; el cilantro, que perfuma el aire y te hace sentir competente por cinco minutos; y el aceite, que lo une todo y te da falsa seguridad.

    El problema es que mientras mueves el caldero, una se pone filosófica y ahí es donde la vida mete la cuchara. Porque sin darte cuenta, le echas el mismo sofrito a todo: a la comida, a la gente, a las relaciones, a los planes. La misma intención, la misma receta, el mismo “yo hago esto con amor, así que debería funcionar”. Y la realidad es que no siempre funciona. La cebolla sigue siendo cebolla, y el amor no neutraliza alergias emocionales del que no soporta la cebolla.

    Pero otras veces pasa lo contrario. Como ayer, que hice una crema de vegetales con pollo, de un color indefinido entre verde y beige, de esos que no invitan pero piden confianza. A la primera cucharada dijo “así está bien”, ese “así está bien” que suena a educación más que a entusiasmo. Yo lo acepté en silencio, hasta que repitió. Y ahí entendí que no todo lo que se ve raro sabe mal, y que a veces el sofrito funciona aunque una no apueste ni por él.

    Y en ese ir y venir entre el fracaso y la sorpresa, una aprende que no todo se cocina igual, no todo se sazona igual y no todo el mundo quiere cebolla, aunque tú la sofrías perfecto. La magia de un buen sofrito —y de una buena vida— está en saber cuándo cocinar con amor y cuándo preguntar primero: “¿Tú comes cebolla?”. Porque a veces amar también es cambiar la receta, aceptar el fracaso y pedir pizza. Y sí, uno aprende más moviendo el caldero que leyendo el manual, porque mi sofrito no tiene siempre que gustarle al otro.

  • Dicen que uno mejora con los años. Que el tiempo pule, que la vida enseña, que los años traen sabiduría. Suena bonito. Casi tranquilizador. Pero no todo mejora solo por esperar. Ni todo lo que envejece se vuelve valioso.

    Un vino, para envejecer bien, primero tuvo que ser bueno. Y un vino joven, cuando es bueno, no se guarda: se disfruta a tiempo. Hay cosas que solo se viven bien cuando están frescas. La energía, el cuerpo ligero, la imprudencia, esa sensación de invencibilidad que no pide permiso ni piensa en consecuencias.

    Después vienen otras notas. Más profundas. Más complejas. Vienen también los achaques, las hormonas que ya no negocian igual, la acidez estomacal que aparece sin invitación y una conciencia más clara de lo que cuesta todo. No es peor. Es distinto.

    Los años no garantizan sabiduría, madurez ni gracia. Solo garantizan que pasó el tiempo. Lo que marca la diferencia es cómo lo viviste. Cómo te fermentaste. Con qué experiencias te mezclaste. Qué partes tuyas cuidaste y cuáles dejaste respirar.

    Porque no todas las arrugas vienen con historia, y no todo lo viejo es valioso. A veces solo es viejo. Y no se convierte en vintage.

    Por eso hoy no celebro los años como una medalla automática. Celebro haber sabido disfrutar lo joven y aprender a habitar lo que vino después. Y si me vas a comparar con un vino, que sea uno con carácter, con notas intensas. Uno que al principio te haga fruncir el ceño, pero luego te deje pensando.

    Uno que no se toma a la ligera. Uno que nunca fue barato, ni cuando era joven. Que el paso del tiempo no me ablande ni me endurezca. Que solo me vuelva más sabrosa.

  • En estos tiempos modernos, criar un hijo no empieza con el primer llanto, sino con el primer reel. Porque claro, ¿cómo vas a saber si tu bebé tiene hambre, sueño o solo te está manipulando emocionalmente si no ves antes un video de tres minutos?

    ¡Por favor!

    El otro día oí a una mamá jovencita decir que su bebé claramente estaba haciendo el “sonido ‘Neh’ de hambre”, porque lo vio en un TikTok de una australiana que, según ella, descubrió los cinco sonidos universales de los bebés. ¡Los CINCO sonidos! Ni uno más ni uno menos. Como si los bebés vinieran con manual… y el manual estuviera en inglés, con subtítulos mal sincronizados.

    Y yo pensé:

    Ay, mijita, en mis tiempos no hacíamos un doctorado en traducción de llanto. Uno lo alzaba, le daba teta, lo arrullaba, o lo pasaba a la tía o a la abuela que tenía un don para dormir bebés cantándoles hasta el himno nacional.

    Le conté todo esto a Patricia —mi socia en la risa y en el drama de ser abuelas— y terminamos dobladas de la risa.

    “¡Tenemos que hacer nosotras esos TikToks!”, dijo.

    Y yo le contesté: “¿Qué tal si nos convertimos en las abuelas influencers?”

    Y ahí se nos ocurrió:

    ¿Y si empezamos nuestra propia cuenta de TikTok?

    No para hacernos famosas (aunque, ojo, con esta gracia natural podríamos ser virales), sino para devolverle al mundo algo que se está perdiendo: el instinto, el humor y esa sabiduría ancestral transmitida de madre a hija, de vecina a cuñada, de señora en la fila del supermercado a cualquiera que la quiera oír…

    y un poco también, para que nos hagan caso.

    Porque antes, uno no criaba en soledad. Teníamos una tribu.

    No había que ver reels para saber si un niño estaba congestionado: se le daba un masajito, se le sobaba la espaldita, o se le pedía a la tía Alice que hiciera su ritual mágico con Vick Vaporub, y listo.

    Se solucionaba en grupo, con risas, con historias, con cafecito en mano.

    Ahora, si no sigues el reel de la “mamá consciente minimalista con voz robótica”, sientes que lo estás haciendo mal.

    Como si lo instintivo estuviera pasado de moda.

    Como si el algoritmo supiera más que el corazón.

    No me malinterpreten: no estoy diciendo que antes todo era mejor. Hoy hay muchísima más información, ciencia y conocimiento sobre la crianza. ¡Y eso está buenísimo!

    Lo que pasa es que a veces hay tanta, pero tantaaa, que parece que si no lo viste en un reel, estás criando mal.

    Y no es que las mamás de hoy no tengan instinto. Al contrario. Tienen, y del bueno.

    Pero entre tanta voz externa, entre tantos videos y tanto exceso de información, a veces les cuesta escuchar su propia voz.

    Y ahí es donde entramos Patricia y yo, como ese recordatorio de que también vale la pena escuchar a la abuela, a la tía… o al corazón.

    Patricia y yo no estamos de acuerdo con la idea de que todo se soluciona con la opinión “de un experto”.

    Por eso decidimos que nuestro primer video se va a llamar:

    “Cómo saber si tu bebé tiene hambre: lo cargas, le ofreces teta. ¿Se la come? Tenía hambre. ¿No? Pues no tenía hambre. ¡Gracias por ver nuestro video, por favor denle like y suscríbanse a nuestro canal!”

    Así que prepárense, porque el dúo dinámico —Patricia y yo— viene con todo.

    Y si nuestras hijas quieren seguir mandando reels para explicar cómo se baña un bebé, nosotras les vamos a contestar con un TikTok hecho en bata y rolos:

    “Así se crió a una generación entera sin internet… y mírala: bien criada.

    Y no tiene ningún trauma que un par de terapias no puedan arreglar.”

  • Empezó el año.

    Y, como cada vez que empieza algo, parece que todo debería redefinirse: la rutina, la alimentación, el vínculo con el cuerpo, el trabajo, los afectos, el armario. Todo, de nuevo. Solo que ahora con intención. Y propósito. Y consciencia.

    Sinceramente, no sé bien por dónde empezar. Me pasa todos los eneros. Pero este, en particular, vino con un poco más de presión simbólica. Leí por ahí que 2026 es el año del “reseteo galáctico”. Una especie de gran actualización energética, como si fuéramos celulares que necesitan reiniciarse y volver a cuando salimos de la caja… pero, ¿y toda la información, las fotos, los mensajes de WhatsApp? ¿Qué va a pasar con esos archivos?

    Leí también lo que le espera a mi signo este año. Me pareció un poco ambicioso.

    Dice que tengo que abrirme a la vulnerabilidad, sostener la visión a largo plazo, fluir con cambios y, al mismo tiempo, simplificar mi vida. ¿Se puede todo eso al mismo tiempo? ¿A partir de qué día arranca el cambio? Porque por ahora sigo igual.

    Será porque solo es día 6, o porque un día como hoy mami dejó de estar con nosotros… y todavía mis ganas de abrazarla no lo aceptan.

    Y además, ¿esa predicción aplica igual para mi chiquitica hermosa, que acaba de nacer, que para esta señora que es su Abú? ¿Para la que quiere encontrar novio o casarse, que para la que tiene 32 años de casada?

    Porque, no sé, siento que “fluir con los cambios” no significa lo mismo para todas.

    Me da ternura y gracia cómo arrancamos los años con tanta solemnidad.

    Con frases del tipo “nuevo ciclo, nueva yo”.

    Y, al mismo tiempo, seguimos siendo la misma persona que dejó cosas sin cerrar, mensajes por responder, agenda vacía y una lista mental de pendientes.

    No digo que esté mal. De hecho, me parece lógico.

    Es difícil arrancar algo cuando todavía estamos terminando lo anterior.

    Enero tiene un ritmo raro. Un cuerpo cansado del año que pasó, una mente acelerada por todo lo que “debería” pasar, y esa expectativa flotante de que ahora sí vamos a ser nuestra mejor versión.

    Yo, por mi parte, no tengo grandes planes todavía.

    No hice lista de metas. No descargué ningún planner.

    Estoy intentando no colapsar por tantas expectativas externas disfrazadas de motivación.

    Estoy tratando de escucharme, aunque sea de a ratitos, entre tanto ruido.

    Y sí, sé que la mayoría, hoy en día, cuando tenemos preguntas se las hace a ChatGPT.

    Pero, por más avanzada que sea la tecnología, las preguntas importantes siguen siendo las mismas.

    Y ninguna IA tiene una respuesta.

    Esas respuestas las tenemos que encontrar en nosotros mismos.

    Así que este año, por ahora, elijo no forzar ningún reseteo.

    Capaz no necesito reiniciarme. Capaz solo necesito dejar de actualizarme un rato.

    Cerrar algunas pestañas mentales. Ordenar lo que tengo. Comer caliente. Dormir bien.

    Y escribir, aunque no tenga nada muy claro para decir.

    Si el universo tiene un plan para mí este 2026, quiero ir descubriéndolo por mí misma.

    Despacio.

  • ✨ Cierre de año, mi último post del 2025.

    Cuando miro estos últimos meses, me doy cuenta de algo: esto no fue un tramo ligero. Fue una vida entera condensada.

    Para muchos, unos meses son poco. Para mí, fueron carretera, vuelos, baby showers, maletas, horarios, cocinas prestadas, casas que no eran mías y que volví hogar, mudanzas dentro de mudanzas, seguirme ocupando de mis responsabilidades, internamiento, frio, cansancio, dolor en el brazo y el pulso constante de estar disponible.

    Hice de todo. Lo cotidiano y lo extraordinario. Como si nada. Como si fuera fácil.

    Y quizás ahí está el punto: como soy fuerte, como me adapto rápido, como sonrío, decoro, envuelvo regalos bonito y siempre tengo el teléfono del contacto que se necesita, desde fuera parece que siempre vivo ligera. Que paso del sofrito al fregado, de ahí a la mesa linda, a la compra, a la envoltura impecable, y sigo… sin cansarme.

    Pero la verdad es otra: me canso. Me duele el cuerpo. Me pesa el alma a ratos. Solo que he entrenado el músculo de seguir.

    Y aun así, no lo vivo como suerte. Ni como que “yo pude con todo”. Lo vivo como manto. Como cuidado. Como Fe que me sostuvo cuando yo solo seguía caminando.

    En medio de todo eso estuvo Emma. Desde la presencia: llegar cada día, sostener a Gaby, amar a mi chiquitica, guardar en el corazón cada gesto, cada respiración nueva.

    Y estuvo Nicole. Volver a verla florecer en amor. Mirar cómo se cuidan, cómo se eligen, mis queridos guanabanitos. Esa alegría que no pesa, pero sí ocupa espacio en el pecho.

    Y estuvo la falta de mami. No como una nostalgia suave, sino como una ausencia que duele. Como algo que no se acomoda. Que no se vuelve ligero. Porque hay cosas —como una madre— que no vinieron para aprenderse a soltar.

    Este cierre de año no lo vivo como descanso, sino como conciencia. La de darme cuenta de cuánto sostuve. La de reconocer que esto que para mí es “normal”, para muchos sería demasiado.

    Aprendo que no tengo que demostrar que puedo con todo. Ya lo sé. Lo he hecho. En casas prestadas, en carreteras, en cocinas que no son mías.

    El autocontrol que hoy quiero practicar no es para exigirme más, sino para parar a tiempo. Para no decir sí a todo. Para escuchar el cuerpo. Para aceptar ayuda. Para elegir.

    Siento en mi corazón gratitud por Emma y por Gaby, por dejarme entrar tan dentro de su nido.

    Gratitud por Nicole y ese amor que la expande.

    Gratitud por cada encomienda que me dieron y que sostuve con gusto: llevar, cocinar, lavar, planchar, dar masajitos con crema, decorar, cuidar, organizar… porque aunque cansan, me recuerdan que soy necesaria y útil en la vida de mis hijas. Y eso también me hace feliz.

    Gratitud por lo que dolió y no me rompió.

    Por lo que me cansó y no me apagó.

    Cierro el año no diciendo: “qué fácil fue”, sino: “qué mucho hice.”

    También reconozco: ya no quiero hacerlo todo sola.

    Y vivo con la conciencia de que vivir ligera no es un sitio donde ya llegué.

    Es una meta a la que sigo aspirando.

    Gracias por leerme, por acompañarme y por estar.

    Nos reencontramos en 2026.

    ✨💛

  • El otro día leí un post que decía:

    “Aprende a crear contenido viral”.

    Y confieso que me asusté.

    ¿Viral? ¿Infeccioso? ¿De esos que causan pandemias?

    ¿Tengo que ir por la vida tosiéndole metáforas a la gente para que se me peguen los posts?

    Desde antes de las redes sociales ya existía esta fascinación por las masas.

    Roberto Carlo quería tener un millón de amigos.

    Pero ojo…

    Roberto Carlo no los quería para coleccionarlos.

    Los quería para cantar más fuerte,

    para que su voz no se perdiera,

    para que el coro lo sostuviera cuando la canción pedía pecho.

    “Llevar mi barca con rumbo norte y en el trayecto yo voy a pescar,

    para dividir, luego al arribar…”

    Había camino.

    Había trayecto.

    Había propósito compartido.

    Hoy queremos seguidores.

    Y a veces —no siempre, pero muchas veces—

    no sabemos muy bien para qué.

    Seguidores para inflar el ego.

    Para facturar.

    Para medirnos.

    Para sentir que valemos.

    Para no quedarnos atrás.

    Y si no los tenemos, parece que estamos fallando.

    Pero yo, a estas alturas de mi vida, me pregunto:

    ¿para qué quiero seguidores si ya tengo amigos?

    ¿Qué tiene de malo una comunidad pequeña pero amorosa?

    Gente que se ríe conmigo,

    que me lee sin prisa,

    que no necesita hacer scroll para encontrarme

    porque ya sabe dónde vivo… emocionalmente.

    No me interesa convertirme en un virus digital.

    Quiero ser vitamina.

    No quiero infectar.

    Quiero nutrir.

    Acompañar.

    Hacer bien.

    Que lo que escribo se comparta porque tocó algo,

    no porque bailé con una escoba,

    usé un filtro de perrito

    o seguí un tutorial que promete

    “resultados inmediatos o te devolvemos tu dignidad”.

    Si algún día algo que escribo se vuelve viral,

    que sea porque ayudó a cantar más fuerte a alguien,

    porque sostuvo un momento,

    porque hizo compañía.

    Así que sí…

    me pueden dejar fuera del laboratorio del viral marketing.

    Yo me quedo aquí,

    con mi pequeña gran comunidad,

    escribiendo para quien se queda,

    y celebrando cada lector

    como si en él viviera el millón.

    Porque aunque seamos diez,

    si son los correctos,

    la canción se oye completa.

  • Desde principios de año me dije:

    “Necesito empezar a escribir todos los días.”

    Pero apenas lo intenté, aparecieron las excusas:

    “No sé qué escribir. No sé cómo empezar.”

    Perfeccionismo. Parálisis.

    Lo de siempre.

    Entonces decidí hacerme un favor: ponérmelo fácil.

    Empecé a crear un banco de ideas.

    Anoté frases, pensamientos, imágenes…

    miguitas de pan para que mi yo del futuro no se pierda en los días difíciles.

    Pequeñas señales dejadas por mi yo del pasado,

    para ayudar al yo bloqueado del presente.

    Hoy, cuando me siento a escribir, ya no peleo con la hoja en blanco.

    Me pasa algo mucho mejor: las ideas hacen fila,

    como el tráfico en el downtown de Miami.

    Antes no aparecía ninguna;

    ahora quieren salir todas juntas, tocando bocina,

    desesperadas por abrirse camino.

    Recuerdos, reflexiones, anécdotas, aprendizajes…

    todo quiere salir a la vez.

    Y entiendo que no fue magia.

    Fue estrategia emocional.

    Fue confiar en que ponérmelo fácil no era debilidad:

    era prepararme para florecer.

    Hoy me celebro por eso.

    Porque la disciplina también puede tener la ternura

    de quien sabe esperar, acompañarse…

    y hacerse el camino amable.

    “La ternura también es una forma de disciplina:

    la de quien no se rinde,

    solo se cuida mientras avanza.”


  • (Inspirado por una idea de Lalo Yaha que se me quedó dando vueltas.)

    Leí algo de Lalo hace unos días.
    Decía que hay que aprender a elegir a quién dejamos entrar.

    Y esa frase se me clavó.
    No por nueva, sino porque ahora la entiendo distinto.

    Sí, el mundo está jodido.
    Y justo por eso, más que nunca, tengo que ser más consciente de a quién dejo cerca.
    No cualquiera merece acceso.
    Ni a mi tiempo, ni a mi energía, ni a lo que me cuesta construir todos los días.

    No quiero vivir con el corazón en guardia, la espalda tensa esperando el golpe.
    No quiero sentir que tengo que esconder mis alegrías para que no incomoden.

    No estoy dispuesta a pedir disculpas por estar bien.
    Por reír fuerte.
    Por estar creciendo.

    Quiero relaciones donde no tenga que protegerme todo el tiempo.
    Donde no haya que traducir cada palabra para que no se malinterprete.
    Donde no haya juegos de poder, ni tensión disfrazada de afecto.

    Quiero aprender a elegir bien.
    Y también a soltar a tiempo.
    A los que me desgastan con excusas, con sus dramas, que luego terminan siendo míos.
    A los que hacen daño y después lo maquillan con frases tipo: “Es que soy así” o “Tú también hiciste…”

    No.
    Ya no quiero vínculos que me pongan en modo defensa.
    Ni personas que convierten todo en una escena donde siempre quedan como víctimas.
    Gente que recorta la historia para que encaje con su versión, y te devuelve el guion donde yo soy la mala.

    Y si no le compras su drama, te acusan de no entenderlos o no saber perdonar.
    Qué conveniente.

    Yo ya no quiero eso.
    No quiero amores que pesen.
    Ni amistades que duelan.
    Ni vínculos que exijan más energía de la que devuelven.

    El amor —el verdadero— no necesita justificarse todo el tiempo.
    No humilla, no manipula, no abusa.
    Respeta. Suma. Cuida.

    Y aunque no siempre lo elijo bien, tengo claro algo:
    no todo el mundo merece un lugar en mi vida.
    Y esa certeza —aunque duela a veces— me da paz.

    Hoy, más que vínculos perfectos, busco vínculos sanos.
    Gente con la que se pueda estar sin estar en alerta.
    Gente que no revise mis cajones, que no juzgue lo que guardo.
    Gente que no necesite que yo me achique para sentirse grande.

    Quiero rodearme de personas que sean casa.
    No campo de batalla.

    Porque estar cerca de alguien debería sentirse como abrir las ventanas después de una tormenta.

    Y yo ya no estoy para prestarle la llave a cualquiera.

  • Si un día pierdo la memoria…

    Y tengo que elegir a alguien que me diga quién soy,

    no voy a elegir a Nicole.

    Porque ella no se acuerda de nada bueno que hice.

    Ni de las comidas ricas que le preparé,

    ni de las horas peinándola para que la raya quedara perfecta (o al menos derecha).

    Olvidó todas las ropitas lindas que le compraba,

    y ni hablar de los malabares que hacía para que tuviera sus benditos útiles de Keepling y de Hello Kitty…

    Una desmemoria selectiva olímpica.

    Tampoco a Gaby.

    Porque aún anda en proceso de sanación,

    descubriendo que fue ella quien me entrenó para ser mamá,

    que yo tampoco sabía…

    Y que todo lo que aprendí fue al tenerla por primera vez en mis brazos,

    sintiendo que ese —justo ese— era el papel que quería interpretar en esta vida.

    Pero como ella tiene claro que sus traumas vienen de haber estudiado en una escuela cristiana donde Darwin era mala palabra,

    probablemente va a decirme que mis métodos están caducados,

    y que no me acuerde de nada es hasta una oportunidad de “resetearme”.

    Entonces…

    Si un día pierdo la memoria,

    y necesito que alguien me recuerde quién soy,

    le voy a pedir a Tommy.

    Porque él me ve más linda ahora que cuando nos conocimos.

    Ve mis fortalezas incluso cuando yo las olvido.

    Conoce mis debilidades… y, en vez de señalarlas,

    me las abraza.

    Porque para él, cada idea mía es brillante,

    aunque no la entienda,

    aunque se la explique con papelitos y diagramas.

    Y si alguna vez se me borran los proyectos, los sueños, las ganas…

    él va a inventar unos nuevos, preciosos, llenos de flores y sentido,

    solo para seguir viéndome florecer.

    Así que, si alguna vez me pierdo de mí…

    ya sé a quién buscar para volver.

    Cuando lo compartí con mis hijas…

    Lo mandé al grupo de la familia pensando que se iban a reír.

    Spoiler: no se rieron.

    Nicole dijo que las pinté horrible y que “nama papi se llevó las flores”.

    Gaby sentenció que parecían “una miseria de hijas”,

    y exigió que el próximo journal fuera sobre lo orgullosa que estoy de ellas.

    (Con toda razón).

    Así que, como mamá que escribe…

    acá va mi respuesta.

    Parte II:

    💌 Queridas Gaby y Nicole:

    Antes que nada…

    ¡respiren profundo!

    Esto no era una cancelación pública ni un juicio final.

    Era una dramatización artística, con fines literarios y un toque de humor maternal.

    (O como dicen ahora: era contenido).

    Gaby, tú no eres una miseria de hija.

    Eres mi primera escuela, mi prueba piloto con todo el amor del mundo.

    Gracias a ti descubrí que ser mamá no era solo una función…

    era una vocación.

    Sí, nos equivocamos —ambas—,

    pero también nos reímos, crecimos y nos reconstruimos.

    Y aunque la teoría de Darwin no llegó a tiempo,

    te llegó la sabiduría, la ironía, el corazón gigante

    y esa forma tan tuya de analizar el universo mientras lo cuidas.

    Nicole, tú no estás pintada horrible.

    Estás pintada con comedia,

    como tú misma cuentas las cosas,

    como cuando haces memoria selectiva con talento olímpico.

    Pero tú eres mi risa más constante,

    mi desorden favorito,

    mi niña que le gustan las colitas perfectas y las preguntas capciosas.

    Y aunque olvides todo lo bueno,

    yo sé que está guardado en tu corazón,

    en algún lado entre un sushi bien hecho

    y una playlist con Bad Bunny y Taylor Swift.

    Y sí…

    Papi se llevó todas las flores.

    Pero porque ustedes saben que él las siembra,

    las riega,

    y después me las lleva en el café de la mañana.

    Yo no tengo hijas miserables.

    Tengo mujeres completas, únicas,

    que saben cuándo reclamar su espacio incluso en un texto de su mamá.

    Y por eso,

    me siento la más afortunada del planeta.

    Con amor,

    la mamá que escribe, ríe, se emociona…

    y luego corrige porque sus hijas le hacen un “review” con sinceridad brutal.

  • Sostengo.

    A otros, a los míos, a mí.

    Es casi un reflejo: estar, cuidar, notar lo que falta antes de que lo pidan.

    Tengo años afinando esta fuerza, convirtiéndola en hábito, en instinto, en manera de amar.

    Sé acompañar tormentas.

    Sé leer silencios.

    Sé abrir espacio para que otros respiren.

    Pero hoy —en este día en particular— sentí algo que a veces me cuesta admitir:

    yo también quiero que alguien me sostenga.

    No porque no pueda.

    Puedo.

    He podido toda la vida.

    Pero sostener siempre, sin pausa, cansa… incluso a las que hemos sido “las fuertes” desde siempre.

    A veces quisiera que alguien me mirara y entendiera sin explicaciones.

    Que dijera: “ven, siéntate un rato, yo te sostengo a ti”.

    Que sintiera mis hombros tensos y dijera: “suéltalo, no lo cargues sola”.

    Y no es contradicción.

    Es humanidad.

    Soy sostén, sí.

    Pero también tengo mis grietas.

    Soy faro, pero a veces la luz se me baja.

    Camino firme, pero también me tambaleo cuando la vida se pone pesada.

    Hoy lo sentí más claro que nunca.

    Un momento pequeño —una palabra, un gesto, un cansancio acumulado— bastó para recordarme que no siempre tengo que ser la que recoge los pedazos, la que pone orden, la que aguanta todo.

    He aprendido que necesitar no me resta.

    No me quita fuerza.

    No me vuelve frágil.

    Al contrario: me vuelve real.

    Me vuelve humana.

    Me vuelve más yo.

    No tengo que elegir entre dar o recibir.

    No tengo que ser solo la columna de todos.

    Merezco ambas cosas: ser sostén… y ser sostenida.

    Hoy me permito bajar los hombros.

    Respirar.

    Reconocer que también me tiembla el alma a veces.

    Recordar que la fuerza no siempre es aguantar;

    a veces es soltar.

    Y en ese vaivén —imperfecto, honesto, mío— entre sostener y dejarme sostener,

    encuentro una versión más completa de mí.

    Porque sostener no siempre es cargar:

    a veces es permitir que la vida, y la gente que amas, también te sostenga a ti.