Encendí una vela. El aire tenía esa quietud que solo aparece cuando algo en ti sabe que está a punto de entender.

Cerré los ojos. Por un instante, dejé de pensar y empecé a escuchar. No el ruido del día, ni la voz de la mente, sino ese murmullo suave que habita debajo de todo: el alma cuando se atreve a hablar.

Dijo que nací con la elegancia del aire y la fuerza del fuego. Que dentro de mí conviven el abrazo y la estructura, la ternura que cuida y la sabiduría que construye. Que he sido refugio muchas veces, sostén invisible, casa emocional para otros. Pero que en esta vida, no vine a cargar —vine a florecer.

La llama titilaba y el alma siguió hablando:

“Tu ternura no se mide por lo que sostienes, sino por la luz que proyectas. Ya cumpliste con ser abrigo; ahora sé brisa. Inspira, no absorbas. Acompaña, no te disuelvas.”

Sentí el calor del fuego dentro de mí, como si cada palabra encendiera un recuerdo. Recordé las veces que corrí a curar, las que me quedé sin aire tratando de que todos estuvieran bien. Y en ese silencio entendí: sanar también es detenerse.

El alma me mostró mis dones como espejos: la Luna de la sanadora veloz, el Sol de la artista que embellece el mundo, la que equilibra lo visible y lo invisible. Todo lo que siempre creí “detalle” era, en realidad, mi manera de rezar.

“Tu camino no es la renuncia”, dijo, “sino la alquimia. Convertir el caos en forma, la emoción en obra, el amor en estructura. Por eso escribes, decoras, cuidas: porque cada acto de belleza es tu oración.”

Respiré más lento. Sentí que ya no necesitaba reparar, solo amar. Que mi fuego podía encender sin consumir. Que mi dulzura podía ser raíz, no refugio.

El alma cerró su voz con ternura:

“Quédate en los lugares que te nutren. Da sin perderte. Di ‘yo también merezco descanso’. Eso también es espiritualidad.”

Abrí los ojos. La vela seguía ardiendo, igual de calma. Supe entonces que todo lo que he vivido —las cargas, las caídas, las transformaciones— me habían traído aquí: a este instante donde la sensibilidad se convierte en propósito.

Me quedé unos segundos más, sintiendo gratitud. La habitación olía a flor y silencio. Y comprendí, en un suspiro, que vivir ligero no es soltar cosas, sino pesos invisibles.

Hacer visible lo invisible.

Eso era.

Eso soy.

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