Querido Papi:
Hay días como hoy en los que, como dice la canción, tu ausencia se me nota.
Hoy ya tendrías más de ochenta años. Pero al parecer esos no eran los años que te tocaban. Te fuiste joven, con el mismo espíritu inquieto y burlón con el que viviste, y así toca recordarte: en movimiento, riéndote, con esa media sonrisa ladeada que anunciaba que venía un chiste —o una verdad dicha sin anestesia.
Con el paso del tiempo, lejos de diluirse, tu ausencia se agudiza. Se hace más evidente con cada aventura vivida, con cada cambio de rumbo, con cada logro que instintivamente quiero contarte.
No soy solo el 50% de tus genes. Soy lo que vivimos juntos. Soy tu gracia para contar historias, tu desparpajo al hablar, tu vocabulario florido —que me sé casi completo aunque a veces lo edite—, tu perspicacia para saber quién sí y quién no, tu manera inclusiva de sentarte a la mesa con cualquiera, tu solidaridad casi automática, tu generosidad afectiva y esa disciplina tuya con el dinero (que a veces bordeaba la tacañería): ahorrar, no deber, dormir tranquilo. También soy la que aprendió de ti que el humor es una forma de inteligencia y un escudo contra la dureza del mundo.
No te imaginas cuántas veces te he llamado.
Te llamé para contarte que Gaby se graduó, que Nicole se graduó, que Gaby se volvió a graduar y consiguió trabajo. Para que vieras las orquídeas floreciendo en mi patio en Miami y las casitas de pájaros que construimos nosotras mismas. Para que me acompañaras en mi pleito eterno con las palomas que ponían su firma en el borde de la piscina. Te llamé a quejarme de lo duro que fue el primer año emigrando, empezando de nuevo. Y también para confesarte la burrada que hice la primera vez que me tocó echar gasolina sola en este país.
Te llamé el 14 de diciembre para decirte que me había hecho ciudadana española, como tú, cerrando un círculo que empezó mucho antes de que yo lo entendiera. Te llamé para contarte que mi título de abogada, aunque no lo ejerza formalmente, me ha servido más de lo que imaginaba: me enseñó a pensar, a argumentar, a defenderme y a no aceptar un “no” sin antes revisarlo por todos los ángulos. Quédate tranquilo, ha rendido frutos.
Te llamé cuando decidí hacer el Camino de Santiago y te volví a llamar desde Galicia, la tierra de abuelito, con los ojos nublados por la emoción y el viento húmedo pegándome en la cara. Te conté de los paisajes verdes, de cada pulpo a la gallega que me comí en tu honor, y de cómo tu jocosidad me empujaba en las subidas más duras, como si fueras caminando a mi lado, burlándote de mi cansancio y de mi decisión de “hacer esa vaina a pie”.
Te llamé desde Inglaterra para reclamarte, medio en serio medio en broma, que mira a Isabel todavía seguía reinando en ese momento y tú ya no estabas. Te llamé en uno de mis cumpleaños para contarte que el regalo fue ir a un rodeo, y pensé cuánto te habría gustado.
Te llamé para contarte que en Davie, la ciudad vecina de Cooper City, Fl. hay señales de cruce de caballos y que en los semáforos existen dos botones: uno a la altura de los peatones y otro para los jinetes. Estoy segura de que esa vaina te habría encantado.
Te llamé cada diciembre a preguntarte qué día iríamos a comprar los regalos de Navidad, y te decía que debías estar feliz porque ya podíamos comprar también para varones. Te llamé desde Bratislava, en medio de un viaje improbable, para preguntarte si sabías dónde carajo quedaba eso. Te llamé para hablar del primo Pablo y confirmar que no puede negar que es Ortega. Te llamé para seguir escribiendo contigo los capítulos de esa “parte negra de la historia” familiar que solo tú sabías contar completa. Te llamé para pedirte que, si pasaba la señora del burro, me guardaras turrón de coco, y para preguntarte si el fin de semana iríamos a Maimón a comer pescado o al manguito a comer cangrejos.
Te llamé para contarte que, cuando me hice ciudadana americana, me modificaron la parte del juramento relativa al porte de armas. Desde aquella vez en que Josian y yo tomamos un rifle sin permiso y casi matamos al perro, supe que las armas no eran lo mío. También te llamé para decirte que compramos otro apartamento y que, sí, nos mudamos otra vez.
Y hubo días en que no te llamé… pero igual te hablé. En la cocina, manejando, antes de entrar a una conversación difícil. Porque hay diálogos que no necesitan teléfono.
Hoy te llamé temprano para recordarte que siempre vas a ser mi primer San Valentín. Para decirte que te amo. Que sigues siendo parte de mis días, aunque en otra dimensión. Que tu ausencia se me nota, sí, pero también se me nota tu presencia en lo que soy, en lo que hago y en la forma en que camino el mundo.
Al final, Papi, no te fuiste del todo. Solo cambiaste de lugar en la mesa.
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