Todo empezó con una alfombra que traje de Turquía. Me pareció hermosa cuando la vi, de esas piezas que uno siente que tienen historia y carácter. La imaginé en la sala, como un statement piece que hablara de nuestros viajes.

Pero cuando llegó a casa, nada encajó como lo había imaginado: ni el tamaño era el correcto ni los colores dialogaban con lo que ya existía. Y ahí apareció algo que no tenía que ver con decoración, sino con culpa. Culpa por haberla comprado, por no haberlo pensado mejor, por sentir que ahora tenía que justificar su presencia.

En el intento de “rescatarla”, decidí ponerla en mi habitación. Entonces surgió otro obstáculo: el papel de pared que me encanta, pero que visualmente no convivía con la alfombra. Y así empezó la cadena.

No cambiaba el papel porque no encontraba quién lo removiera.

No cambiaba la colcha porque tenía que combinar con una alfombra que no estaba puesta.

Y no ponía la alfombra porque primero tenía que cambiar todo lo demás.

Sin darme cuenta, convertí una simple pieza de decoración en el centro de un enredo mental que me dejó paralizada.

En medio de ese proceso empecé a mirar mi habitación con otros ojos, como si de pronto hubiera dejado de ser suficiente. El lugar donde paso más tiempo comenzó a sentirse incómodo, no porque hubiera cambiado, sino porque yo ya no lo veía igual.

Empecé a escuchar opiniones externas y, en un momento de inseguridad, algo que antes me gustaba dejó de parecerme bonito. Y entendí que lo difícil no es reorganizar la casa, sino recuperar la confianza en mi propio criterio.

Así, lo que comenzó con una alfombra terminó cuestionando mi manera de habitar mi espacio y, sin darme cuenta, mi manera de habitarme a mí misma. Porque el problema nunca fue la alfombra, ni el papel, ni la colcha. Fue dejar de confiar en lo que me gustaba antes de empezar a dudar.

Hoy lo veo con claridad: la alfombra no necesitaba ser rescatada ni convertirse en el centro de decisiones imposibles. Era solo una alfombra.

La que necesitaba volver a su lugar era yo.

A veces no nos castigamos quitándonos cosas, sino complicando tanto las decisiones que terminamos sin disfrutar nada. Lo más difícil no es acomodar la casa, sino volver a confiar en lo que nos daba paz antes de que todo se volviera ruido.

Quizás la verdadera magia no estaba en la alfombra, sino en recuperar la tranquilidad de que mi espacio puede ser imperfecto…

y aun así sentirse completamente mío.

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