Siempre me reía de las viejitas que se llevaban las cremas de los hoteles.

“Por favor —pensaba—, ¿para qué cargar con eso?”

Hasta hoy.

Estaba limpiando mi estuche de viaje y apareció un pequeño frasco olvidado:

body lotion, lemongrass & ginger — The Apurva Kempinski, Bali.

Iba directo al zafacón…

pero decidí abrirlo.

Y bastó una bocanada para volver allí.

El cuerpo recordó antes que la mente:

la penumbra del spa, el murmullo del mar,

las batas iguales, las risas cómplices antes del silencio.

Dos camillas frente al océano.

Las manos expertas de Wayan y Ayu desatando nudos.

Los aceites tibios sobre la piel, el aroma de jengibre y hierba fresca flotando en el aire.

Y la protesta de Tommy cuando Ayu le dijo:

“Sir, your massage is finished.”

Entre respiraciones sincronizadas,

sentí que el tiempo se detenía.

Dicen que la memoria olfativa no pasa por la razón.

Va directo al alma.

Y tenían razón.

Ese frasquito me devolvió un instante de pura paz,

de placer sin pretensión,

de “esto hay que repetirlo algún día”.

Ahora entiendo a las viejitas.

No se llevan las cremas.

Se llevan la posibilidad

de volver por un instante

a un lugar donde fueron felices.

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