Hoy me tocó cerrar un capítulo práctico: la entrega de una casa alquilada, la revisión de muebles, y esa conversación incómoda que siempre aparece al final… el depósito.

Podría haber elegido lo fácil: quedarme con todo, respaldarme en contratos, en fotos, en “lo que me corresponde”.

Y no hubiera estado mal.

Pero tampoco hubiera sido completamente yo.

Porque hay decisiones que no se toman desde el derecho, sino desde la coherencia.

La casa volvió limpia. Cuidada. Habitada con intención.

Los muebles… sí, más gastados.

Pero también, honestamente, ya no eran los mismos que yo elegiría hoy.

Y eso también es verdad.

Podría contar la historia desde la pérdida, desde lo que se deterioró, desde lo que ya no sirve.

O puedo contarla desde lo que sí fue: un espacio vivido, un acuerdo que —con sus imperfecciones— se sostuvo sin conflicto.

El inquilino hoy negocia. Es natural. Todos defendemos lo nuestro.

Y por primera vez… yo también.

Pero no desde la rigidez, ni desde la necesidad de ganar.

Sino desde ese punto medio que no siempre es exacto… pero sí se siente en paz.

Ni todo para mí.

Ni todo para él.

Lo suficiente para cerrar bien.

Porque al final, no estoy resolviendo muebles. También estoy lidiando con la última conexión material con nuestra vida en República Dominicana.

Y en este momento estoy practicando algo mucho más importante:

la forma en la que quiero relacionarme con el dinero, con los acuerdos… y conmigo misma.

Y hoy entendí algo:

lo justo no siempre se siente cómodo,

pero la paz… sí se reconoce.

Y hoy, eso vale más que cualquier depósito.

Posted in ,

Deja un comentario