Hay un tipo de amor que llega más tarde… pero llega con una fuerza que uno no sabía que existía.

El día que conocí a Emma en la clínica, no encontré palabras. No preparé un discurso ni una frase bonita. Solo me salió una canción, de esas que nacen directo del pecho.

“A-mooo-reee… te amooo…”

Y ya no se necesitó nada más. Tan pequeña, sin saber quién era yo. Emma no sabe qué son las abuelas, ni por qué me acerco con esa emoción que casi me desborda.

Pero cuando la tengo cerca, algo en el aire cambia. Huele a pecho tibio, a abrazo antiguo, a un cariño que parece haber existido incluso antes de que ella fuera concebida.

Con el tiempo entendí algo que me conmovió profundamente: Emma todavía no sabe mi nombre, pero su cuerpo reconoce mi voz. Cuando hablamos por cámara y me escucha cantar, sonríe. Y cuando ve mis lentes… esos círculos rojos… su carita se ilumina.

Para ella, por ahora, soy simplemente la señora de los círculos rojos.

Su abú.

Y en ese descubrimiento también he entendido algo sobre la vida. Emma no ha tenido que ganarse un lugar en nuestro corazón. No ha tenido que demostrar nada, ni ser especial, ni lograr algo.

Ella llegó… y su lugar ya estaba hecho.

Y viéndola a ella, así… tan tierna, solo siendo…

entendí algo: que hay lugares en la vida que no se ganan… vienen con uno.

Y mientras tanto, yo sigo cantándole lo único que me salió aquella primera vez:

“A-mooo-reee… te amooo.”

Tal vez por eso ser abuela se siente distinto.

No es el amor urgente de cuando una está criando.

Es un amor más tranquilo, más sabio. Uno que ya no vive corriendo detrás del tiempo ni de las responsabilidades.

Los abuelos sabemos algo que antes no sabíamos: lo rápido que pasa la vida.

Y quizás por eso queremos aprovechar esta segunda oportunidad de amar… con más calma, con menos miedo, y con el corazón completamente abierto.

Posted in , ,

Deja un comentario