En unas semanas vamos para Troya y esta señora está en modo aprender, de la historia, las leyendas y los mitos. Y quedé completamente enganchada con la mitología griega.
Un simple miércoles por la noche, Tommy le ofreció un Wagyu a Patty y se unieron David y Nicole. Les anuncié que iba a ser todo un banquete griego. Empecé a buscar detalles por toda la casa (¡no faltaba más!, yo soy el departamento de póngalo bonito.) Mantel hermoso, platos bases, platos azules con servilletas a juego…
Y entonces lo vi.
En el escritorio de Tommy, la pequeña estatua de Dionisio.
La traje a la mesa… Ya esto no era cualquier mesa, era una mesa de Dioses.

Mucho vino, recetas griegas, que me ayudó ChatGPT a elaborar, conversación y cual si fuéramos filósofos de la antigua Grecia empezamos a analizar la mitología griega; no solo desde el concepto sino tratar de entenderlo. Y en medio del vino y la comida, terminamos hablando de eso… de cómo los griegos veían la vida. Sin promesas de orden, sin garantía de justicia. Un mundo donde ni siquiera los Dioses resolvían el conflicto… solo lo reflejaban.
Al final, no faltaba más, Dionisio era el protagonista de la noche; hijo de Zeus y Sémele. Mitad dios, mitad humano.
En esta ocasión Zeus no se transformó. No fue toro, ni cisne, ni lluvia dorada. Con Sémele se presentó. Disfrazado de hombre, sí, pero sin esconder del todo lo que era. Atraído por su belleza y su falta de miedo a los Dioses.
Aparece Hera, esposa de Zeus. Y tienta a Sémele; no entra con fuerza sino con duda. Le siembra una pregunta sencilla, pero peligrosa: “¿Y si no es Zeus? Pídele que se muestre tal cual es”. Y Sémele pide. Y Zeus, atado por su propia promesa, accede.
Pero Zeus no es forma. Zeus es rayo, es fuego, es poder sin medida. Y cuando se revela, ella no lo resiste. No muere por castigo. Muere por exceso de verdad.
Zeus rescata al hijo, lo cose dentro de su propio cuerpo hasta terminar de gestarlo. Así nace Dionisio, Dios del vino, del éxtasis, de lo que se desborda, de ese punto donde lo humano y lo divino se mezclan y el control empieza a aflojarse.
Mientras contaba esta historia, me di cuenta de algo. Dionisio no estaba solo en la mesa. Ya había empezado a ocupar un espacio en nuestras vidas.
Tommy siempre ha sido control en su máxima expresión. Orden, detalle, estructura. Por eso cuando empezó su cuenta de vinos en Instagram, le regalé una pequeña estatua de Dionisio. No por estética. Más bien por contraste.
Porque Dionisio no organiza, suelta. No mide, siente. No controla, permite.
No es que Tommy dejó de ser quien es. Es que empezó a aflojar un poco. A dejar espacio. A no necesitar que todo esté perfectamente definido para poder disfrutarlo.
Como si Dionisio, callado, hubiera encontrado un lugar en su vida.
Y quizás eso fue lo que me dejó la noche. Que no todo en la vida necesita orden para ser valioso. Que hay verdades que, si llegan sin medida, queman. Pero también hay otras que, cuando llegan en su punto justo, te enseñan a soltar.
Quizás no soy yo sola. Quizás todos, en algún momento, necesitamos un poco de Dionisio en la mesa.


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