Ser coherente significa vivir en armonía entre lo que se cree, se dice y se hace.
Es permitir que nuestras palabras encuentren testimonio en nuestras acciones, y que nuestros valores se revelen en las decisiones que tomamos.
La coherencia no es perfección.
Es fidelidad.
Incluso ante las dificultades.
Incluso frente a las tentaciones y las presiones externas.
En un mundo donde es fácil aparentar lo que no vivimos ni practicamos, la coherencia se convierte en un testimonio elocuente.
Ella inspira confianza, genera credibilidad y revela integridad de carácter.
Las personas coherentes no necesitan muchas justificaciones, porque sus acciones hablan por sí solas.
Pero seamos honestos: ser coherente incomoda.
Implica decir “no” donde todos dicen “sí”.
Implica soltar excusas convenientes y renunciar a la doble cara.
La coherencia no siempre hace amigos.
Pero siempre da paz.
Y en un mundo lleno de máscaras…
esa paz es un acto de rebeldía.
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