En estas últimas semanas, mis posts se fueron convirtiendo en algo que estaba viviendo “en vivo”, a raíz de los preparativos y la posterior celebración del cumpleaños de Nicole. Pero ese ritmo no me resulta sostenible. Prefiero no tener la presión de llegar al lunes en la tarde sin saber qué voy a publicar el martes o, peor aún, sentir que necesito escribir sobre algo que viví esa misma semana, sin darle tiempo de decantar, como a los buenos vinos.
Quizás porque en esas historias recientes mi familia ha estado tan presente, este fin de semana, durante una cena en casa de nuestros queridos amigos Carmen y Gerardo, él me hizo una pregunta: ¿cómo manejas hablar de otras personas en tus posts?
Le respondí casi sin pensarlo: solo yo puedo vulnerarme a mí misma.
La pregunta me llevó al momento en que me comprometí conmigo misma a abrir el blog. Había algunas cosas que me daban mucho susto, así que tuve que luchar primero conmigo para romper la inercia y empezar.
Lo primero que decidí fue que, como estaba compartiendo algunas entradas de mi diario, si algo requería “mucha edición”, no era para publicar. Era algo íntimo. Entonces elegí diez entradas de mi diario, las dejé listas y con ellas armé lo que llamé la primera temporada. Así me aseguraba material para las primeras diez semanas.

Lo segundo fue entender que muchas de las historias que cuento no las viví sola. Había otras personas y, aunque compartimos lo sucedido, solo tengo derecho a contar mi experiencia. Puedo escribir cómo me sentí, lo que algo significó para mí o la forma en que se movió dentro de mí, pero no asumir lo que el otro pensó o sintió ni revelar lo que no me pertenece. Porque, aunque yo haya estado ahí, esa historia también es suya. Y amar a alguien no me concede derechos sobre su historia.
Mi límite siempre ha sido este: puedo abrir mi puerta —como decidí hacerlo desde mi primer post, Puerta Abierta—, pero no me corresponde abrir la habitación de nadie más.
Por eso, aunque mi familia está siempre presente en mi diario, en mis posts, en mi corazón y en mi mente, soy cuidadosa de que aparezca solamente la parte que me pertenece.
Así que Tommy, Gaby, Nicole, Emma, Erik, David… claro que aparecen en mis posts.
No aparecen completos, porque tampoco me pertenecen completos. A veces están en una frase, en una celebración, en un recuerdo o en la forma en que algo que hicieron se movió dentro de mí. Otras veces están precisamente en lo que decido callar. Porque cuidar una historia también puede ser una forma de cuidar a quien forma parte de ella.
Escribir con honestidad no significa contarlo todo, sino saber qué parte de la historia me pertenece contar y cuál me corresponde proteger.

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