Como persona curiosa, me encanta probar lo nuevo. No me gusta quedarme al margen de la tecnología ni decidir que algo no es para mí antes de entender cómo funciona. Y con la inteligencia artificial he encontrado una ayudante que, para alguien que siempre tiene una investigación abierta, una idea dando vueltas y algo pendiente por escribir, resulta bastante irresistible.

La IA puede ayudarnos a aprender, pero también podemos usarla para saltarnos ese aprendizaje. Y lo difícil es que ambas cosas se parecen mucho: en las dos obtenemos una respuesta, pero no necesariamente nos llevamos la misma comprensión.

Por otro lado, también me confunde. Me presenta más opciones de las que necesito, convierte asuntos sencillos en proyectos y, en ocasiones, quiere tratar los temas humanos con una certeza matemática que ya quisiera yo para calcular cuánto arroz hacer cuando viene visita.

Así que últimamente he estado pensando en lo que pasa cuando nos acostumbramos a consultar antes de intentar. ¿Cómo distingo cuándo me está ayudando a pensar y cuándo estoy dejando que piense por mí?

Imaginemos que estamos en un restaurante y la mesa está coja. Una de esas mesas que se mueve cada vez que alguien apoya el brazo y amenaza con repartir el agua entre todos los que ahí estamos.

Miramos debajo, encontramos la pata que queda en el aire, doblamos una servilleta y la acomodamos. Si quedó muy fina, le damos otro doblez. Probamos. Ya está.

No necesitamos hacer un doctorado sobre estabilidad de muebles, analizar mil teorías ni buscar una oficina de abogados que nos explique cuáles son nuestros derechos frente a una mesa coja.

Necesitamos mirar, pensar un poquito y atrevernos a probar.

Quizás si le pregunto a ChatGPT sobre este tema, me sugeriría poner un pedacito de cartón debajo de la pata y hasta me daría cuatro o cinco opciones de tipos de cartón. ¿Y si no hay cartón? ¿Y si lo que tenemos delante son servilletas?

Eso me lleva a pensar que podemos estar perdiendo nuestra capacidad de observar con qué contamos. De descubrir que algo puede servir para un uso distinto del que tenía previsto… pero si nos quedamos buscando el cartón que alguien nos recomendó, quizás ni siquiera veamos la servilleta.

Eso es lo que más me inquieta: perder la confianza en nuestras propias ideas y, poco a poco, dejar de intentar. Atrofiar nuestro sentido crítico, que solo se desarrolla practicándolo: examinando algo antes de aceptarlo, incluso cuando nos gusta o confirma lo que ya creemos. No es llevar la contraria ni desconfiar de todo: es aprender a distinguir qué merece nuestra confianza y por qué.

Que antes de escribir unas palabras de pésame sintamos que no sabremos qué decir. Que para expresar amor necesitemos una versión mejor redactada de lo que sentimos. Claro que podemos necesitar orientación. Yo la busco constantemente. Pero me preocupa ese momento en que empezamos a sentir que, sin una indicación externa, no sabremos qué hacer.

Hay algo valioso en permitirnos una primera idea, aunque no sea la que resuelva el problema. Probarla, descubrir que no funciona, frustrarnos un poco y hacer un ajuste. Darnos cuenta de que podemos equivocarnos sin que eso signifique que somos incapaces.

La servilleta puede quedar demasiado gruesa. El mensaje puede salir un poco torpe. El primer párrafo puede necesitar tres vueltas. Me gustaría que siguiéramos teniendo paciencia para eso. Que lo que todavía no nos sale bien no se convierta automáticamente en algo que encargamos a otro.

Mientras hablábamos, mi querida ChatGPT y yo nos reímos de la facilidad con que puede responder: «¡Excelente idea, Josy! ¿Quieres que te prepare una guía con cinco tipos de cartón, sus ventajas y un plan para implementarlo?».

Y yo le respondería: «Bibliotecaria, pásame una servilleta».

Que es una señal que le doy a ChatGPT cuando me mezcla temas filosóficos que hemos tratado en otra conversación con una búsqueda de cuál es el mejor detergente para sacar manchas: «¡Bibliotecaria, solo un libro a la vez!».

Me encanta contar con esa ayuda. Pero también quiero seguir escuchando mis ideas antes de que llegue una respuesta tan ordenada que me haga olvidarlas.

Quiero conservar ese pequeño impulso de mirar una mesa coja y pensar: déjame probar.

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