Nos acostumbramos.
A que estén.
A que digan “buen día” desde la otra habitación.
A que se rían fuerte con algo que no escuchamos bien.
A que dejen la taza mal puesta.
A que estén ahí… siempre.
Y entonces dejamos de mirar el milagro.
Nos saludamos sin mirarnos.
Nos despedimos sin abrazar.
Vamos perdiendo el ritual por pereza, rutina, o porque creemos que no hace falta.
Que habrá otro día.
Que después lo decimos bien.
Que el amor se sobreentiende.
Pero no siempre hay después.
No siempre se vuelve a entrar por la misma puerta.
No siempre se puede decir “te quiero” mañana.
Y entonces, lo cotidiano, lo insignificante, se revela como lo más sagrado.
Porque cada saludo es una bienvenida a la vida compartida.
Y cada despedida, una promesa de volver.
No son gestos menores.
Son altares diarios.
Son pequeñas formas de decir: “Estoy. Te veo. Me importás.”
Hoy me propongo mirar con más intención.
Decir “hola” como si fuera la primera vez.
Y “chau” como si no quisiera irme.
Porque no quiero dar por sentado lo que es.
Un regalo extraordinario.
✨ Gracias por leerme.
Y tú, ¿qué saludo o despedida cotidiana se ha vuelto tu pequeño altar?
Replica a Carlos Peralta Cancelar la respuesta