Si miro hacia atrás, me cuesta encontrar una época de mi vida en la que no estuviera trabajando para alcanzar algo. Siempre ha habido una meta, un proyecto, un viaje, una celebración, una investigación o algún problema que necesitaba solución.
Y, en mi gran inteligencia, procuraba no tener uno solo. Lo verdaderamente eficiente era mantener varios proyectos abiertos al mismo tiempo. Así, cuando uno terminaba, todavía quedaban dos o tres esperando. Y si todo parecía estar demasiado tranquilo, siempre he tenido una extraordinaria capacidad para encontrar algo nuevo que organizar.
Durante mucho tiempo pensé que esa era simplemente mi manera de ser. Soy inquieta, entusiasta y curiosa. Me gusta imaginar proyectos y, sobre todo, convertir una idea en algo concreto. Donde otros ven una posibilidad, yo ya estoy haciendo una lista, buscando información y calculando cuánto tiempo necesitamos.
Y todo eso es verdad. El problema es que quizás no sea toda la verdad.
Hace poco pensé en ese momento extraño que llega después de alcanzar una meta. El día siguiente a eso que durante semanas, meses o incluso años ocupó nuestros pensamientos y organizó nuestros esfuerzos. Nos enseñan a perseguir lo que queremos, a perseverar, a no rendirnos, pero casi nunca nos enseñan qué hacer cuando finalmente llegamos.
Yo, al parecer, encontré mi propia solución: asegurarme de que ese día no llegara nunca.
Mientras avanzaba hacia un destino, ya tenía otro esperándome. No había que detenerse demasiado a celebrar, a descansar ni a preguntarse qué venía después, porque lo próximo ya estaba en marcha. Mi sistema era bastante efectivo. También agotador, pero eso lo descubrí más tarde.
La verdad es que cuando estoy resolviendo algo sé perfectamente quién soy. Soy la que organiza, la que busca, la que encuentra una manera. Hay algo muy tranquilizador en los problemas que tienen solución, incluso cuando cuesta encontrarla. Una puede investigar, hacer llamadas, tocar puertas, probar otra vez. Siempre hay una próxima acción.
El silencio, en cambio, no trae instrucciones.
Cuando no hay nada urgente que hacer, aparecen preguntas menos cómodas. ¿Qué quiero cuando nadie necesita nada de mí? ¿Qué siento cuando no tengo una tarea ocupando todo el espacio? ¿Quién soy cuando no estoy resolviendo algo?
Quizás por eso no siempre seguimos avanzando por ambición. A veces el movimiento también es una forma de no escuchar. Mientras haya una meta delante, no tenemos que detenernos a descubrir si todavía queremos ir hacia allí o si simplemente seguimos el rumbo que trazamos hace mucho tiempo.
No creo que la respuesta sea dejar de tener proyectos. Eso sería pedirle a un río que renuncie a moverse. Mis proyectos me entusiasman, despiertan mi curiosidad y han llenado mi vida de experiencias maravillosas. No quiero convertir una parte tan auténtica de mí en un defecto solo porque ahora entiendo que también me ha servido de refugio.
Pero quizás sí necesito aprender a reconocer cuándo avanzo porque algo me ilusiona y cuándo estoy buscando ruido para no escucharme. No correr a llenar cada espacio con otra lista antes de averiguar qué quiere decirme el silencio.
Tal vez el verdadero día después de llegar comienza cuando, por una vez, no salimos inmediatamente en busca del próximo destino. Cuando nos quedamos allí un rato, aunque no sepamos qué hacer con las manos y el silencio empiece a hacer preguntas.
No sé todavía quién soy cuando no estoy resolviendo algo. Pero quizás ya es hora de quedarme quieta el tiempo suficiente para empezar a averiguarlo.
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