Siempre que vengo a República Dominicana paso a visitar a Mami y a Papi.

Ayer fui a comer a El Manguito con Tommy. Pedí mi cangrejo guisado y allí nos encontramos con Eddy y Esther. Después de comer, los cuatro nos fuimos al cementerio.

Antes de entrar, crucé a la tiendecita de enfrente para comprar flores. A Papi le gustaban los gingers y, en honor a la verdad, yo hubiese preferido robármelos de algún patio. Me parecía un gesto más personal. Pero mi madurez me recordó que una señora de mi edad no debe andar asaltando jardines ajenos, ni siquiera por una causa noble, así que le compré su segunda opción: rosas rojas.

Para Mami escogí rosas amarillas.

Me alegró ver que Eddy sí había llevado gingers para Papi. Comprados, debo aclarar. Parece que su madurez también intervino.

La tumba de Mami está apenas a unos pasos de la entrada. Cuando llegué frente a ella, la llamé como tantas veces la llamábamos:

—¡Tata!

Y yo misma me respondí como ella les respondía a las niñas:

—¡Yuuuuujuuuuu!

He usado muchas veces ese llamado desde que murió, pero creo que nunca lo había hecho allí.

En mi corazón sé que ellos no están en el cementerio. Siguen vivos en nuestros recuerdos, en las historias que contamos y en pequeñas cosas de mi cotidianidad. No necesito estar frente a una lápida para encontrarlos.

Sin embargo, cada vez que vengo, necesito pasar por su última morada. Allí descansan los cuerpos que me dieron vida, sustento y cobijo. Los brazos que me cargaron, las manos que trabajaron para que no me faltara nada y las presencias físicas que alguna vez ocuparon tanto espacio en mi mundo.

Le dije a Mami que no tenía nada nuevo que contarle porque seguramente ella ya lo sabía. Que sigo viviendo enamorada de mi «Amoreee, te amooo». Que estoy feliz por el compromiso de Nicole. Que voy a extrañarla muchísimo en la boda, aunque sé que estará presente.

Probablemente en la mesa de los postres.

Ese es el lugar de Mami en nuestras celebraciones.

La tradición comenzó el primer Día de las Madres después de su muerte. Puse una fotografía suya y, junto a ella, algunas de las cosas que le gustaban: lentes de sol, pintalabios rojo, cremas, flores, dulces y una copa de vino.

No quería hacer un altar triste. Quería que estuviera entre nosotras con todo lo que la hacía ella.

Después llegaron otras celebraciones y su fotografía volvió a aparecer en la mesa de los postres. Hasta que, sin que nadie tuviera que decidirlo, se quedó a vivir allí.

Por eso no tuve que explicarle mucho sobre la boda. Las dos sabemos dónde estará.

Papi está enterrado apenas a unos metros de Mami, algo que todavía me causa gracia.

Ellos estaban divorciados cuando él murió y se suponía que Mami sería enterrada en la capital. Sin embargo, por esas vueltas que da la vida, terminó en Puerto Plata, muy cerca de él.

Cuando llegué donde Papi no pude evitar reírme y decirle:

—No sé cómo lo lograste.

Papi era extremadamente jocoso y tenía mucha chispa. Y aunque ellos habían tenido sus problemas como pareja, creo que Mami fue siempre el amor de su vida.

Una vez fui a visitarlo a la casa donde vivía con su nueva compañera. Habían hecho habichuelas con dulce y, como él sabía cuánto le gustaban a Mami, me dijo que le llevara.

Cuando iba a pedir que las prepararan para llevar, llamó a su compañera y gritó:

—¡Olguitaaa!

Se puso rojo como un tomate cuando se dio cuenta de la metida de pata.

Por supuesto, llevé las habichuelas con dulce y también el cuento. A Mami le encantaban esas historias. Sospecho que disfrutó las habichuelas, pero todavía más saber que, sin querer, Papi había llamado a otra mujer por su nombre.

Quizás por eso no debería sorprenderme que, después de divorcios, nuevas parejas y planes para ser enterrada en otra ciudad, Mami terminara descansando a pocos metros de él.

No sé cómo lo lograste, Papi, pero lo lograste.

Me fui del cementerio con gratitud.

No sentí que me hubiera quedado nada pendiente que demostrar como hija. No llevé las flores para compensar lo que no hice cuando estaban vivos ni para aliviar una deuda. Fui porque todavía soy su hija y porque quiero honrar el lugar donde descansan los cuerpos que un día fueron mi casa.

Mientras salía pensé en los árboles.

Hubo un tiempo en que mis padres fueron el árbol y yo uno de sus niditos. Ellos me sostuvieron mientras crecía, aprendía y construía mi propia vida.

Ahora el árbol soy yo.

En mis ramas están los niditos de mis hijas, de Emma y de una familia que continúa creciendo y transformándose.

Algún día me tocará dejar de ser la parte visible del árbol. Me convertiré en raíz y ellos ocuparán mi lugar.

Quizás entonces alguien repita una de mis frases, cuente una historia mía en medio de una celebración o coloque mi fotografía junto a las cosas que me gustaban.

Por ahora, soy el árbol con niditos.

Algún día me tocará ser raíz y ellos serán el árbol.

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Una respuesta a «Cuando nos toca ser raíz»

  1. Avatar de tidalwaveinventivefd4b37e6bc
    tidalwaveinventivefd4b37e6bc

    Ley de Vida. 🙏🎁❤️

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