Era su password para casi todo y, aun así, cada vez que tenía el famoso “cambiazo” del celular, terminaba con otro Instagram, otro Facebook y hasta le abrían otro correo electrónico, porque no se acordaba de la contraseña.
Ni qué hablar de cuando decidió cambiar del iPhone a Samsung “porque era el que estaba en oferta” y después peleaba con Tommy porque no se le sincronizaba con el iPad. Pero nada la amedrentaba. Ponía mensajes por Facebook y decía que los había enviado por WhatsApp, y hasta un live hablando con Charo de unos brasieres hizo. No dejaba de tratar y decía entender la tecnología.
Mami era optimista. La geriatra se sorprendía porque ella no iba con problemas, iba a buscar soluciones. “Doctora, dígame si es que tengo que cambiar los lentes para que se me quite el dolor de cabeza”. O “mándeme hierro y vitaminas, que me voy de viaje el mes próximo y tengo que estar bien”. Ella tenía planes, y había que buscar la manera de que el cuerpo estuviera a la altura.
Le encantaba viajar y después mirar las fotos. Tenía una memoria excelente: veía una y se acordaba del nombre del lugar. Le gustaban los restaurantes, el vino, la cerveza, la playa, el teatro, el cine y, sobre todo, los dulces. Lo suyo era terminar el postre. Nada de comerse solo una cucharadita.
Era la persona más cumplida que he conocido. Siempre pendiente de los cumpleaños, los pésames, las enfermedades. Para mí siempre estuvo, y con las nietas tampoco se perdía una. No faltaba a un acto de la escuela, una graduación, un cumpleaños o una boda. Si por alguna razón no podía estar, seguro era la primera llamada. A veces más temprano de la cuenta, porque no se acordaba del cambio de hora.
A nosotras nos decían que no nos habían cortado el cordón umbilical. No solo era mi mamá, era mi mejor amiga y confiaba en mí cien por ciento. Aun después de yo mudarme, ella venía mucho, yo iba y hablábamos varias veces al día. De todo: política, economía, farándula dominicana e internacional y lo último en cartelera. Me contaba desde con quién se había encontrado en el cine hasta cómo, a veces, cuando iba a comprar la boleta, la taquillera le recordaba: “No, doña, esa ya usted la vio”.
Cuando yo empezaba a despedirme, ella hacía un repasito, por si había quedado algún tema pendiente que nos permitiera seguir hablando.
Ahora tengo tantas cosas que quisiera contarle. Y quisiera, sobre todo, tenerla físicamente aquí. Poderle presentar a Emma. Me la imagino disfrutando bañarla, peinarla, doblarle la ropita y darle ñoños. Poder contar con ella para la boda de Nicole, después de haberla visto estar presente en tantos momentos de mis hijas.
El 13 de octubre era su cumpleaños.
Esta vez quisiera llamarla yo. Hablarle de todo, como hacíamos siempre. Y cuando empezara a despedirse, ser yo la que hiciera el repasito para seguir hablando.

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