Tommy y yo andábamos haciendo una ruta en carro por los Apalaches. Yo disfrutando del otoño y él, de manejar su carro.
En una de esas, entre conversaciones entre nosotros, oír música y hacer videollamadas con la familia, entro a uno de los grupos de WhatsApp y veo que están hablando del Mian Xiang. Y claro que me dio por averiguar qué era. Es una antigua práctica china que pretende leer nuestra vida a través de los rasgos del rostro. Y como la curiosidad pudo más, terminé subiendo unas fotografías a ChatGPT para que hiciera de maestro chino.
¡Qué entretenimiento!
Que si la frente habla de la juventud, que si la nariz de la prosperidad, que si el mentón de la vejez. Yo estaba feliz con mi lectura, hasta que el maestro, que además resultó bastante chismoso, me dijo:
«Entre los 18 y los 25 años situaría una etapa de decisiones que contribuyeron a definir el rumbo de su vida. No necesariamente decisiones equivocadas, sino elecciones que cerraron unas puertas y abrieron otras».
¡Espérate un momento!
Entre los 18 y los 25 años me mudé de ciudad, viví lejos de mi familia, me gradué de abogada, me casé y empecé a tener mi familia. Y de paso, nunca ejercí la profesión para la que había estudiado.
¡Todo eso en siete años!
Seguimos nuestro viaje y nos tocó recorrer el Tail of the Dragon, una carretera famosa por sus 318 curvas en apenas 11 millas. ¡Claro! Era el sueño de Tommy: manejar su Brum Brum. Y yo, reconfirmar que al parecer todavía lo quiero, porque si no, no sé qué hacía ahí.
Entre las montañas nos quedamos sin señal de internet y no podíamos poner la próxima dirección en el navegador. Pero tampoco había dónde perderse. Era una sola carretera, sin intersecciones, y sabíamos que íbamos en la dirección correcta.
No había ninguna decisión nueva que tomar. Solo seguir hasta que apareciera la próxima oportunidad de elegir.
Y ahí volví a pensar en aquellos siete años. En todo lo que había pasado mientras yo estaba ocupada viviendo, sin detenerme a pensar en la trascendencia que tendría.
Y no es que haya ido por la vida sentada en el asiento del pasajero, dejando que otro decidiera por dónde llevarme. ¡Qué va! He tenido mis manos en el guía. Algunos tramos los he manejado sola, otros acompañada, a veces siguiendo mi intuición y otras defendiendo el camino que quería tomar. Y también hubo momentos en los que, aunque feliz, ya no se trataba solamente de escoger hacia dónde ir, sino de ocuparme de los pasajeros que se habían subido a mi carro.
Porque entre una decisión y otra hay mucho más que decisiones. Hay personas, aprendizajes, responsabilidades, alegrías, equivocaciones y cosas que empezamos a hacer casi sin pensarlo y terminan convirtiéndose en una parte importantísima de nuestra vida.
Y quizás eso fue lo que me sorprendió al mirar aquellos siete años juntos. Parecían una sucesión de grandes decisiones, pero yo los recordaba desde dentro: una cosa llevó a la otra, aparecieron oportunidades, algunas las busqué, otras me encontraron a mí.
No sé exactamente cuáles de aquellas decisiones me trajeron hasta la vida que tengo hoy, pero agradezco cada curva y cada camino recorrido. Creo que la muchacha de veinte años que fui estaría feliz de conocerme. Quizás no soy todo lo que alguna vez imaginó para sí misma, pero tampoco tenía idea de todas las cosas que le esperaban.
Y sí, de vez en cuando me despierto con los apellidos cruzados y me pregunto qué habría pasado si aquella vez hubiera doblado a la derecha en lugar de a la izquierda.
O simplemente me da curiosidad saber de qué me perdí por no doblar.
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