El mundo no tendría que ser tan lindo para funcionar. Eso pensaba mirando los árboles durante estos días de otoño. Con sus colores, sus formas y esas hojas que hasta para caerse hacen un espectáculo.

Me puse a pensar en todo lo que ocurre en un mismo árbol. Produce oxígeno, alberga pajaritos, ayuda a retener el agua y los nutrientes de la tierra. Se alimenta de ella y después le devuelve sus hojas. Da flores, da frutos, cambia con las estaciones. Y yo, que no estoy haciendo nada por ayudarlo en sus funciones, puedo disfrutar de todo aquello simplemente mirándolo.

Seguramente cada color y cada cambio tienen su explicación. Yo estaba demasiado entretenida con el paisaje para ponerme a investigar. Aunque, conociéndome, tampoco descarto que termine averiguándolo.

Porque así funciona mi cabeza. Veo un zepelín y quiero saber cuánto tardaba en cruzar de Europa a América. Me pongo a investigar la vida de un antepasado y termino aprendiendo de barcos y de comercio de hace más de doscientos años. Después cierro aquello porque tengo un menú por planificar o porque ya estoy pensando dónde voy a poner el árbol de Navidad.

Todo encuentra cómo entretenerme. El problema suele ser encontrarle horas al día.

La escritura también ha tenido siempre su espacio. Mucho antes del blog fui dejando cosas en papelitos, diarios y libretas. A veces para guardar un recuerdo; otras, porque necesitaba organizar lo que tenía en la cabeza. Escribir me ayuda a descubrir qué pienso. Y me alegra.

Hace un tiempo alguien que reconoce mi capacidad para narrar me sugirió que la dedicara a algo más trascendente. Que lo que publicaba era efímero y que podía aprovechar esa facilidad para hacer un trabajo que permaneciera.

La posibilidad de escribir algo así también me ilusiona. Hay historias que quisiera reconstruir y otras que me gustaría inventar. Podría escribir un libro. O varios. Ahora, de solo pensarlo, ya me estoy buscando más trabajo.

Pero me quedé dando vueltas a esa palabra: efímero.

¿Cuánto tendría que durar algo para que valiera la pena hacerlo?

Una comida puede llevar horas de preparación y desaparecer en un rato. Las flores que pongo en la casa se marchitan. Un viaje termina. Y aun sabiendo eso, busco una receta, compro las flores y vuelvo a hacer una maleta. Disfruto pensando, preparando y viviendo esas cosas, con todo y su fecha de vencimiento.

Con la escritura me pasa algo parecido. Cuando termino un escrito que me gusta, ya he pasado un buen rato conmigo. Me he reído, he recordado, he borrado tres párrafos y a veces he descubierto que lo que quería decir era otra cosa. Todavía nadie lo ha leído y yo ya estoy contenta de haberlo escrito.

Después viene la alegría de compartirlo. Claro que me gusta que me lean. Me emociona recibir un mensaje de alguien que encontró un pedacito suyo entre mis palabras. También me gustaría que algún día algo de lo que escriba siga encontrando lectores con el paso del tiempo. Todo eso cabe entre las posibilidades que me entusiasman.

Pero quisiera que mi felicidad al escribir pudiera seguir existiendo sin tener que esperar a saber cuántos lo leyeron, cuánto les gustó o cuánto durará.

Pienso de nuevo en el árbol. Quizás me reconozco en esa variedad de cosas que caben en uno solo. En sus distintas maneras de dar, de cambiar, de estar vivo. Yo también quiero espacio para aprender algo que mañana quizá no use, preparar una mesa bonita, vivir una aventura y escribir lo que me nazca contar.

Algunas cosas darán fruto. Otras me llevarán por un camino que todavía no conozco. Y habrá unas cuantas que habré disfrutado muchísimo mientras las hacía.

Por ahora, este escrito me ha tenido un buen rato mirando un árbol. Y mira todo lo que me ha puesto a pensar.

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