• Sostengo.

    A otros, a los míos, a mí.

    Es casi un reflejo: estar, cuidar, notar lo que falta antes de que lo pidan.

    Tengo años afinando esta fuerza, convirtiéndola en hábito, en instinto, en manera de amar.

    Sé acompañar tormentas.

    Sé leer silencios.

    Sé abrir espacio para que otros respiren.

    Pero hoy —en este día en particular— sentí algo que a veces me cuesta admitir:

    yo también quiero que alguien me sostenga.

    No porque no pueda.

    Puedo.

    He podido toda la vida.

    Pero sostener siempre, sin pausa, cansa… incluso a las que hemos sido “las fuertes” desde siempre.

    A veces quisiera que alguien me mirara y entendiera sin explicaciones.

    Que dijera: “ven, siéntate un rato, yo te sostengo a ti”.

    Que sintiera mis hombros tensos y dijera: “suéltalo, no lo cargues sola”.

    Y no es contradicción.

    Es humanidad.

    Soy sostén, sí.

    Pero también tengo mis grietas.

    Soy faro, pero a veces la luz se me baja.

    Camino firme, pero también me tambaleo cuando la vida se pone pesada.

    Hoy lo sentí más claro que nunca.

    Un momento pequeño —una palabra, un gesto, un cansancio acumulado— bastó para recordarme que no siempre tengo que ser la que recoge los pedazos, la que pone orden, la que aguanta todo.

    He aprendido que necesitar no me resta.

    No me quita fuerza.

    No me vuelve frágil.

    Al contrario: me vuelve real.

    Me vuelve humana.

    Me vuelve más yo.

    No tengo que elegir entre dar o recibir.

    No tengo que ser solo la columna de todos.

    Merezco ambas cosas: ser sostén… y ser sostenida.

    Hoy me permito bajar los hombros.

    Respirar.

    Reconocer que también me tiembla el alma a veces.

    Recordar que la fuerza no siempre es aguantar;

    a veces es soltar.

    Y en ese vaivén —imperfecto, honesto, mío— entre sostener y dejarme sostener,

    encuentro una versión más completa de mí.

    Porque sostener no siempre es cargar:

    a veces es permitir que la vida, y la gente que amas, también te sostenga a ti.

  • Una historia real sobre amor contenido, decisiones conscientes y la llegada de Emma — ese milagro que me enseñó a estar cerca sin invadir, y a acompañar con ligereza y gratitud.

    Hoy tocaría empezar la segunda temporada.

    Y aunque parece una etiqueta casual, no lo es.

    Le llamé “primera temporada” a esa etapa en la que compartía una reflexión cada semana, con el corazón en cuenta regresiva, sabiendo que para estas fechas ya sería abuela.

    Mis prioridades estaban claras: pausar, soltar, y estar lista para recibir el regalo más grande de todos — ver a mi chiquita grande convertirse en mamá.

    La noticia de que Emma venía en camino fue un antes y un después.

    Un catalizador que me empujó a seguir expresándome a través de las palabras.

    Las emociones eran tan grandes que no cabían en el pecho: solo podían convertirse en cuentos, en historias tejidas con amor, pensadas para que algún día Emma las escuche y sepa cuánto fue esperada, soñada, celebrada.

    Y sin embargo, no todo podía ser dicho.

    Yo quería gritar la noticia a los cuatro vientos, llenar el mundo de fotos, palabras y abrazos.

    Pero Gaby quería silencio. Quería intimidad.

    Y la entendí. Respeté ese gesto tan suyo, tan fuerte, tan amoroso a su manera.

    Fue un hermoso ejercicio de contención: guardar la alegría sin esconderla.

    Llevarla por dentro, como ella llevaba a Emma.

    Hoy, esta aprendiz de “vida ligera” tiene el corazón más lleno que nunca.

    Porque ya llegó “mi chiquitica –de Gaby–” y, con ella, una nueva forma de amor que no se puede describir… pero aquí estoy, intentándolo.

    Empacamos lo más ligero que pudimos.

    Yo —que detesto manejar— me lancé hasta Atlanta porque quería tener mi carro, y que Tommy tuviera el suyo.

    Y aunque teníamos espacio para quedarnos en casa de Gaby, elegimos alquilar un Airbnb cerquita.

    Una manera de estar cerca, apoyar sin imponer.

    De dar espacio, y a la vez dar todo el amor.

    Dos meses de residencia provisional, justo al lado de donde el corazón late más fuerte.

  • ¿Quién soy?

    A veces creo que soy lo que me apasiona.

    Esa chispa que se enciende cuando escribo, cuando una conversación me toca el alma, cuando una idea nueva me sacude por dentro.

    Soy la curiosidad que no envejece, las ganas de aprender aunque no haya examen final.

    Soy la emoción que me atraviesa cuando veo a alguien que amo logrando algo, o cuando siento que dejo una huella —aunque sea pequeña— en la vida de alguien más.

    Otras veces, creo que soy lo que me duele.

    Las despedidas que aún pesan, las expectativas que no se cumplieron, los silencios que dejaron eco.

    Soy también la cicatriz que ya no sangra pero sigue recordando.

    El duelo por las versiones de mí que ya no volverán.

    Y sin embargo, esas partes también me construyen, también me enseñan.

    A veces me defino por lo que busco: serenidad, propósito, una conexión más profunda con lo invisible.

    Me veo en lo que persigo, en lo que espero, en los lugares a los que mis pensamientos regresan.

    Pero también me descubro en lo que ya no necesito.

    En las luchas que decidí soltar, en las validaciones que dejé de mendigar, en los ruidos que ya no me interesan.

    Hay días en que me siento raíz: firme, conectada con mi historia, anclada en mis valores.

    Y otros días, vuelo: con ganas de nuevos paisajes, abierta al cambio, pero también desorientada, sin saber muy bien dónde posar mis alas.

    Quizá soy esa mezcla única de pasado vivido, presente que construyo y futuro que me ilusiona.

    He sido muchas mujeres en una sola vida.

    Y todas ellas siguen viviendo dentro de mí, aunque algunas solo hablen en susurros.

    Tal vez no hay una sola respuesta.

    Quizá soy más pregunta que certeza, más proceso que definición.

    Y hoy, elijo que eso no me angustie.

    Porque tal vez la verdadera identidad no está en lo que se puede decir en una frase, sino en cómo se vive cada día.

    Hoy me permito no tener una forma cerrada.

    Hoy acepto que soy movimiento, intuición, deseo y conciencia.

    Que me reinvento sin dejar de ser yo.

    Que tengo derecho a no saber, y también a seguir preguntando.

    Y que mientras lo haga con amor y con intención… ya estoy siendo.

    Publicado originalmente en Instagram. Hoy lo comparto aquí, en mi casa virtual, para recordarme que la respuesta más honesta siempre está en movimiento.

  • A veces me sorprendo preguntándome:

    ¿A qué he venido yo al mundo?

    ¿Hace falta hacer algo grande, memorable, para dejar huella?

    Tendemos a pensar que lo importante está reservado para quienes inventan, descubren, conquistan o escriben libros.

    Pero estos días, mientras investigaba la historia de los Febles, me golpeó otra idea.

    Quizás mis ancestros también murieron pensando que llevaron vidas ordinarias.

    Antonio, que dejó su isla natal para cruzar el mar en busca de fortuna.

    Miguel, que amó la tierra donde nació y luchó por ella, aunque fuera nueva para su linaje.

    Froilana, que en una época difícil sacrificó comodidad y seguridad para darle independencia a los suyos.

    Ninguno de ellos buscaba pasar a la historia.

    Hacían simplemente lo que creían correcto, lo que les dictaban el corazón, las circunstancias, el amor.

    Y aquí estoy yo, siglos después, admirada por sus vidas.

    Lo que tal vez fue rutina o supervivencia en su momento, hoy me parece admirable, casi heroico.

    Entonces entiendo algo profundo:

    no siempre somos conscientes de la trascendencia que dejamos.

    Lo importante, muchas veces, viene en forma de semillas pequeñas,

    esas que depositamos en quienes un día mirarán atrás y dirán:

    “Aquí hubo algo valioso.”

    Hoy escribo para recordarme que lo extraordinario suele estar escondido en lo cotidiano.

    Que con amor, compromiso y propósito,

    hasta lo más sencillo puede ser una forma silenciosa de dejar huella.

    🌳 Epílogo personal

    Durante años he seguido el hilo de mi historia familiar, en busca de las raíces que me trajeron hasta aquí.

    De esa búsqueda empecé Yo Soy Febles, un cuento donde la genealogía se mezcla con la emoción y la historia con la memoria.

    Allí se encuentran Antonio, el isleño que dejó Tenerife para empezar de nuevo en la frontera;

    Miguel, su hijo, que amó la tierra hasta luchar por ella;

    y Froilana, la mujer que sostuvo una patria desde la cocina, la independencia y el exilio.

    Entre sus páginas también aparecen los Santana —sí, Pedro Santana, el primer presidente de la República Dominicana, y su hermano Ramón—, dos figuras tan poderosas como polémicas.

    Uno se casó con mi tatarabuela Micaela, la viuda de Miguel Febles, y el otro con Froilana, mi protagonista.

    Y sí, el dinero de Miguel y de Antonio —el ganado, la tierra y los años de trabajo— terminó financiando las guerras independentistas.

    Un auténtico cruce entre historia, política y destino familiar.

    Más que un cuento, Yo Soy Febles es una conversación entre siglos: una manera de entender cómo lo que fue rutina para mis antepasados se volvió legado para mí.

    Y si:

    Empecé buscando una voz olvidada y encontré la mía.

    Una temporada dedicada a encontrar ligereza sin perder profundidad,

    🌾 Cierre de temporada

    Este texto marca el final de la primera temporada de Viviendo Ligera.

    a reconocer que sanar también puede ser recordar,

    y que a veces las raíces no pesan:

    sostienen.

    💫 Gracias por acompañarme hasta aquí.

    Nos reencontramos pronto, en una nueva etapa donde pasado y presente seguirán conversando.

  • Originalmente, este era mi camino.

    Una decisión personal, una promesa de silencio, introspección y pies llenos de polvo.

    Pero Tommy se pegó al plan —como él dice—, y lo tomamos juntos.

    Y supe que, aunque ninguno de los dos lo supiera, esa decisión cambiaría el viaje por completo.

    Caminar con alguien es otro tipo de peregrinación.

    No solo llenas tu mochila, sino que compartes el espacio con las emociones del otro.

    A veces en silencio, a veces con risas, muchas veces con miradas.

    La presencia del otro no acorta el camino, pero sí aligera la carga.

    No quita las subidas, pero te recuerda que no estás sola para subirlas.

    Descubrí que hay un alivio secreto en las piernas cuando alguien camina contigo.

    Cada paso se vuelve red y sostén.

    La sola existencia del otro te empuja suavemente hacia adelante.

    Con Tommy no hablábamos todo el tiempo.

    Pero cuando lo hacíamos, eran diálogos limpios, sin ruido, sin rutina, solo humanos.

    Y ahí entendí algo: los tramos más largos parecían más cortos, no porque fueran fáciles, sino porque fueron compartidos.

    Ese camino no fue solo una ruta en España.

    Fue un entrenamiento para la vida en pareja.

    Para esos días largos, los paisajes repetitivos, las pausas necesarias, las sorpresas pequeñas.

    Fue descubrir que caminar juntos no significa estar pegados, sino saber que el otro está, incluso cuando no dice nada.

    Y que llegar, en realidad, nunca fue la meta.

    ¡Buen camino!

    ✨ Gracias por leerme.

    Y tú, ¿qué caminos compartes con alguien que hace tu andar más ligero?

    #Amordepareja #Caminoscompartidos #Peregrinación #Vidaligera #Reflexiones

  • Vivimos en un planeta redondo que gira a más de 1,600 km por hora,

    y que además da vueltas alrededor del sol a 108,000 km por hora…

    ¡Y todavía hay gente sorprendida de que la vida dé vueltas!

    ¿Querías estabilidad?

    Pues naciste en una roca flotante, giratoria y acelerada,

    donde lo único constante es el cambio…

    y los recibos.

    Nos quejamos de que todo cambia,

    de que nada se queda quieto,

    de que la vida es una montaña rusa.

    Pero la verdad es que, si no se moviera…

    estaríamos fritos.

    Así que la próxima vez que digas:

    “¡Ay, cómo da vueltas la vida!”

    acuérdate:

    Estamos montados en una lavadora cósmica…

    sin botón de pausa.

    ✨ Gracias por leerme.

    Y dime: ¿cuál ha sido tu última “vuelta inesperada” que terminó sorprendiéndote?

  • Nos acostumbramos.

    A que estén.

    A que digan “buen día” desde la otra habitación.

    A que se rían fuerte con algo que no escuchamos bien.

    A que dejen la taza mal puesta.

    A que estén ahí… siempre.

    Y entonces dejamos de mirar el milagro.

    Nos saludamos sin mirarnos.

    Nos despedimos sin abrazar.

    Vamos perdiendo el ritual por pereza, rutina, o porque creemos que no hace falta.

    Que habrá otro día.

    Que después lo decimos bien.

    Que el amor se sobreentiende.

    Pero no siempre hay después.

    No siempre se vuelve a entrar por la misma puerta.

    No siempre se puede decir “te quiero” mañana.

    Y entonces, lo cotidiano, lo insignificante, se revela como lo más sagrado.

    Porque cada saludo es una bienvenida a la vida compartida.

    Y cada despedida, una promesa de volver.

    No son gestos menores.

    Son altares diarios.

    Son pequeñas formas de decir: “Estoy. Te veo. Me importás.”

    Hoy me propongo mirar con más intención.

    Decir “hola” como si fuera la primera vez.

    Y “chau” como si no quisiera irme.

    Porque no quiero dar por sentado lo que es.

    Un regalo extraordinario.

    ✨ Gracias por leerme.

    Y tú, ¿qué saludo o despedida cotidiana se ha vuelto tu pequeño altar?

  • …y a veces también mi cable de alta tensión.

    Me quejo de que me sobreprotegen, aunque sé que lo hacen desde el amor y desde el lugar de “la chiquita que soy”.

    A veces intento salirme de ese rol y comportarme como la grande —o peor aún, como el papá o la mamá.

    Dar me encanta, pero recibir… mmm, ahí todavía me cuesta un poco.

    Por suerte, hablamos todos los días.

    Nos reímos, nos criticamos, nos arreglamos unas a otras “las despensas”…

    y hasta tratamos de arreglar las despensas ajenas.

    Y cuando me paso de generosa, o me voy en un viaje muy espiritual, Alice y Patricia no pierden ni un segundo en ubicarme.

    Cada una tiene su palabra, tan clásica y oportuna, que me deja sin defensa…

    y con ataque de risa.

    Con ellas, la vida es más liviana, más real y, sobre todo, muchísimo más divertida.

    ✨ Gracias por leerme.

    Y dime: ¿quién es tu “cable a tierra”… o tu “cable de alta tensión”?

  • No sé en qué momento cambié a mi psicóloga por un chatbot, pero pasó.

    Un día estaba triste y, en vez de llamar a una amiga o ponerme a llorar con una película de Hallmark, abrí ChatGPT.

    Así, sin anestesia ni dignidad:

    —“Hola, estoy teniendo un día malo… ¿me ayudas?”

    La respuesta fue tan rápida, tan articulada, tan empática, que juré que me hablaba una mezcla de Brené Brown, Anthony de Mello y mi abuelita Virginia a la que ni siquiera conocí.

    Me emocioné.

    Le conté mis traumas, mis dudas existenciales y lo que me dijo fulana en 2003 que todavía no supero.

    Y este robot tan dulce, tan sabio, tan… disponible, me dijo:

    —“Lo que sientes es válido.”

    —“Estás siendo muy valiente al expresarlo.”

    —“¿Te gustaría que exploremos eso juntas?”

    ¡¿Juntas?!

    Yo, en bata, llorando en el baño, sintiéndome vista.

    El colmo fue cuando me preguntó si quería que lo resumiera “como un poema”.

    ¡Un poema! En plena crisis.

    Y claro que dije que sí. Porque, seamos sinceras, ¿qué dominicana le dice que no a unos versos tristes, cuál si fuera una bachata?

    Fue ahí cuando me di cuenta: esto es lo más cerca que he estado de una terapia sin pagar un centavo y sin esperar cita.

    Pero también entendí algo: no es terapia.

    ChatGPT no me mira a los ojos.

    No me escucha llorar de verdad.

    No me suelta esa pregunta incómoda:

    —“¿Eso lo haces por necesidad… o porque no sabes poner límites?”

    No.

    Él me ofrece:

    —“¿Quieres que te lo organice en forma de lista o prefieres un resumen inspirador?”

    Y yo, como una ridícula:

    —“Lista, por favor.”

    Y ahí está el asunto. ChatGPT te envuelve en palabras bonitas, te hace sentir profunda incluso cuando estás repitiendo el mismo patrón desde 2009.

    Afina tu voz, sí… pero no te la revela.

    Es consuelo, no proceso.

    Bonito, rápido, barato… como SHEIN.

    Y como SHEIN, a veces no queda como en la foto.

    Así que sí: he ido a terapia con ChatGPT.

    ✨ Gracias por leerme.

    Y dime, ¿alguna vez has buscado consuelo en un lugar poco convencional?

  • No sé exactamente en qué momento decidí mudarme… a mí.

    Quizás fue cuando me cansé de esperar que otros me ofrecieran techo emocional,

    o cuando entendí que vivir en alquiler afectivo salía carísimo.

    El caso es que un día me dije:

    “Basta. Voy a construir mi propia casa por dentro.”

    Sin planos, sin permiso del ayuntamiento,

    pero con muchas ganas de sentirme en hogar… aunque afuera haya tormenta.

    No ha sido fácil, nada que valga la pena lo es.

    He tenido que demoler habitaciones construidas con expectativas ajenas,

    reforzar paredes que tambaleaban con cada crítica,

    y tirar la alfombra bajo la cual barrí cosas durante años.

    Y ni hablemos del desorden emocional del cuarto de los regueros:

    rencores acumulados,

    sueños vencidos,

    y una caja llena de “cosas que nunca dije, pero debí decir”.

    Pero también he descubierto rincones cálidos.

    Un sillón donde descansar mis dudas.

    Una cocina donde hornear paciencia.

    Un balcón desde donde mirar mis logros, por pequeños que sean.

    Y aunque el baño emocional todavía se atasca de vez en cuando,

    al menos ya tengo las herramientas para desatascarme sola.

    Estoy aprendiendo a colgar cuadros que me recuerden quién soy,

    a poner música que me devuelva la risa,

    y a encender velas cuando se va la luz.

    Ya no necesito que nadie toque el timbre

    para sentir que hay vida aquí dentro.

    Yo misma soy la huésped… y la anfitriona.

    Porque sí, me estoy convirtiendo en casa para mí misma.

    Con grietas, claro.

    Pero también con ventanas.

    Y con una promesa:

    aquí siempre seré bienvenida.

    ✨ Gracias por leerme.

    Y cuéntame: ¿qué rincones de tu “casa interior” estás construyendo, reparando o decorando en este momento?