Hay una parte del viaje que no está en el itinerario. No te la cuenta el guía, ni aparece en los libros de historia. Es la parte donde el lugar en el que estás empieza a hacerte pequeños comentarios al oído… sin pedirte permiso.

En Grecia, yo llegué lista para filósofos, columnas y esa sensación de “aquí nació todo”. Y sí… pero no solo es eso. Los burros que hoy viven en imanes de nevera, postales y recuerdos de turistas, fueron durante siglos el transporte que hacía posible la vida entre montañas. En Olimpia, los atletas cruzaban un túnel vestidos y salían del otro lado sin nada: ni ropa, ni títulos, ni excusas. Competían así, como diciendo que ahí no vienes a demostrar lo que tienes, sino lo que eres.

Y cuando ya tú crees que estás entendiendo Grecia, aparece la Grecia de hoy. Menos mármol, más realidad. Menos mito, más factura, política y económica. Gente amable que te saluda “kalimera”, que te conversa… y que reconoce República Dominicana por la serie de TV Survivor.

Pero el viaje no se queda quieto.

En Montenegro, la carretera decide participar. Una de esas calles donde no caben dos carros, con curvas que obligan al autobús a echar reversa con una fe que no viene incluida en el boleto. El paisaje es espectacular, pero no apto para quien le tenga respeto a las alturas. Frente al museo del rey Nikola I Petrović-Njegoš está la iglesia que guarda las manos de San Juan Bautista, y ahí, escuchando sobre reliquias, entendí algo por primera vez: a los santos los dividían. Otra vez aparece esa incomodidad difícil de acomodar: la devoción también pasó por partir lo sagrado en pedazos, repartir un cuerpo para multiplicar su presencia, como si la fe también hubiera tenido que resolver logística. Y por si fuera poco, en ese mismo país descubres que al rey Nikola le decían el “suegro de Europa”, porque casó a sus hijas con media realeza europea. Ni los mejores algoritmos de citas han logrado tanto.

Después llegamos a Dubrovnik y el mundo vuelve a hacer de las suyas. Estás mirando techos de tejas, todos perfectos, y alguien comenta, como quien no quiere la cosa, que antes las hacían las mujeres usando sus muslos como molde. Y ya, se acabaron los techos: ahora ves piernas, barro, calor, repetición… vida. Entiendes que la historia no siempre se escribió con tinta; a veces se moldeó. La guía cuenta que mucha gente reconoce la ciudad por Game of Thrones, y que incluso le han preguntado qué van a hacer con las murallas cuando terminen las filmaciones. Y ahí el mapa se dobla un poco, porque lo moderno se reconoce más fácil que lo antiguo, y porque no es solo lo que los lugares fueron, sino lo que ahora significan, dependiendo de quién los mire.

Nada de esto, por separado, parece gran cosa. Pero junto hace algo. Te mueve, te desarma un poco esa idea cómoda de que el mundo siempre fue como tú lo entendías, y te deja con una sospecha incómoda pero fascinante: que así como hoy miramos atrás y pensamos “¿cómo podían vivir así?”, algún día alguien va a mirarnos a nosotros con exactamente la misma cara.

Viajar no es solo ver lugares. Es darte cuenta de que estabas mirando demasiado simple.

Posted in , ,

Deja un comentario