Hoy pienso en el peligro de engancharnos en la vida de vitrina… la que enseñamos, la que otros ven, la que a veces hasta nosotros mismos terminamos creyendo completa.
Y claro, si miro mis últimas semanas desde afuera, suenan como una película bastante bien editada: Turquía, Croacia, Montenegro, Grecia, Italia, viñedos, cenas bonitas, ruinas antiguas, mares azules, pueblos que parecen sacados de una postal. Fotos donde una aparece sonriendo, con el pelo más o menos en su sitio, como si viajar fuera solamente caminar por calles hermosas, probar vinos y descubrir lugares nuevos.
Todo eso pasó. Es real. Pero también es verdad que eso no fueron mis semanas completas.
Porque entre una foto y otra… hubo vida. Hubo cansancio. Hubo maletas mal cerradas. Hubo madrugadas. Hubo aeropuertos eternos. Hubo baños buscados con urgencia en lugares históricos. Hubo días en que el cuerpo ya no quería otra ruina, otro tour, otra explicación, otra escalera, otro “solo caminamos diez minutos más”.
Hubo momentos preciosos, sí. Pero también hubo momentos en los que yo no tenía nada interesante que contar… y aun así estaba pasando todo.
Esos momentos brillan. Y por eso los guardamos, los mostramos, los recordamos. Pero la vida no ocurre ahí. O no solamente ahí. Y entonces pasa algo peligroso: empezamos a comparar nuestra vida completa con los momentos editados de otros, y hasta de nosotros mismos. Estamos comparando procesos con resultados. Días enteros con segundos elegidos.
Y ahí está el engaño. No en que lo que vemos sea mentira… sino en creer que eso es todo.
Pero hay algo más que también pasa, y de eso casi no hablamos. Cuando mostramos esos momentos, los otros empiezan a construir una versión de nosotros. Más ordenada. Más clara. Más resuelta. “Ella sabe.” “Ella puede.” “Ella encuentra la forma.” Y lo dicen bonito, y hasta con buena intención… pero a veces pesa más de lo que parece.
Porque yo dudo. Me canso de resolver. Se me bota el café. Se me pierde algo en la maleta. Se me seca la mata que tanto cuidé. Se me mancha la blusa favorita. Me desvelo en la noche. Sobrepienso mis problemas… y los de todo el mundo. Quiero dar… y a veces no hay quien reciba. Y sí, meto la pata cada vez que doy una opinión.
Pero como ven la versión organizada, nos colocan, o nos dejamos colocar, en un lugar donde ya no cabemos completos.
Porque detrás de la foto bonita también hay una mujer cansada, despeinada, confundida a ratos, buscando el cargador, contando las horas de sueño, preguntándose si de verdad tenía que empacar tanto, y tratando de recordar dónde dejó la paciencia.
Y no digo esto para quitarle valor a lo bonito. Al contrario. Lo bonito también hay que celebrarlo, guardarlo y agradecerlo. Pero no podemos usarlo como prueba de que alguien tiene la vida resuelta. Ni convertir nuestras propias fotos en una jaula.
No somos responsables del pedestal donde el otro decide ponernos. Ni de sostener una versión editada de lo que somos.
Porque vivir ligero… también es eso. Bajarse de la vitrina. Del personaje. De la expectativa. Y volver a ese lugar donde la vida no siempre brilla… pero sí es donde la vida pasa.
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