No todo pasa por algo. Y repetirlo como consuelo no lo hace más cierto.
Mientras veía las imágenes que llegan desde Venezuela, no podía dejar de pensar en esa frase y en lo distinta que suena cuando el dolor todavía está ocurriendo.
Siempre me ha incomodado. Entiendo por qué la decimos: a veces nace del deseo sincero de aliviar a alguien. Pero hay momentos en los que no consuela, sino que duele. Suena a una explicación demasiado rápida para algo que aún no se comprende, como si todo fuera inevitable y solo quedara aceptarlo.
Recuerdo la primera vez que alguien me la dijo en un momento en que apenas podía respirar. Y pensé: si esto tenía que pasar… entonces el mundo es un lugar muy cruel. Porque no. Hay cosas que nunca debieron pasar.
Hay experiencias que no enseñan nada mientras ocurren. Hay pérdidas sin explicación e injusticias que dejan vacío, rabia e impotencia. Nos rompen. Y durante un tiempo, eso es todo.
Por eso, a veces esa frase no ayuda. Parece querer cerrar algo que todavía necesita tiempo.
No creo que todo pase por algo. Lo que sí creo es que podemos hacer algo con lo que nos pasó. Podemos resignificar. Podemos decidir que el dolor no tenga la última palabra. Y eso casi nunca ocurre rápido. Hay heridas que tardan años en convertirse en algo que podamos mirar sin rompernos otra vez.
Si perdemos a alguien que amamos, podemos elegir vivir una vida que honre su memoria. Si fuimos traicionados, podemos decidir no traicionar. Si fuimos abandonados, podemos comprometernos a quedarnos. Si sentimos la humillación, quizás aprendamos a tratar con más dignidad a los demás. No porque eso tenía que pasarnos, sino porque elegimos que el dolor no defina quiénes seremos después.
Hay una diferencia enorme entre encontrar un propósito y justificar una tragedia. Haber encontrado sentido después no convierte la tragedia en necesaria.
No elegimos lo que nos hiere. Pero todavía podemos elegir qué lugar ocupará esa herida en la historia de nuestra vida.
No todo pasa por algo. Hay cosas que jamás deberían pasar. Pero incluso cuando el mundo parece romperse, todavía podemos decidir que el dolor no tendrá la última palabra: podemos ser quienes, aun con las manos temblando, vuelven a encender la luz.
Deja un comentario