Hay personas con las que uno imagina el futuro. No como pareja. Como testigos.
Personas que uno cree que estarán para siempre en los cumpleaños, en las graduaciones, en las fotos familiares, en los funerales, en los nacimientos de los nietos.
Y un día descubre que la vida tenía otros planes. Como si dos personas estuvieran en un mismo barco y una tormenta partiera el barco por la mitad. No se pelearon. No se eligieron menos. Pero cada una terminó en una orilla distinta.
No hubo necesariamente una traición. Ni una pelea. Ni siquiera una despedida clara. Solo una historia que tomó otro camino. Y duele. Porque cuando muere una amistad solemos tener permiso para llorarla; pero cuando una amistad queda suspendida, viva pero inaccesible, nadie nos enseña qué hacer con eso.
Porque no solo se pierde una persona. Se pierde el futuro, la complicidad y el apoyo que habíamos imaginado que tendríamos con ella. Se pierde la persona que imaginábamos sentada en la mesa de Navidad dentro de veinte años. La que pensábamos que conocería a nuestros nietos. La que estaría en la foto de los ochenta cumpleaños. La que iba a entender las referencias de una vida compartida sin necesidad de explicaciones.
Hay personas que se entrelazan tanto con nuestra vida que dejan de ocupar un lugar específico. Ya no son solamente amigas. Forman parte de la familia, de las tradiciones, de las mesas compartidas, de los viajes repetidos y de las historias que contamos cuando hablamos de cierta etapa de nuestra vida. Y cuando algo cambia, no siempre sabemos exactamente qué fue lo que perdimos.
Porque a veces no extrañamos solamente a la persona. Extrañamos también todo lo que venía con ella. La familiaridad. La certeza de que estaría ahí para el próximo capítulo. La versión del futuro que habíamos construido sin darnos cuenta.
Quizás por eso hay vínculos que se niegan a desaparecer del todo. Se quedan viviendo en los bordes. En una foto que aparece de repente. En una anécdota que alguien cuenta durante una cena. En una conversación donde surge un nombre que hacía tiempo no escuchábamos.
Hay nombres que todavía aparecen en mi cabeza cuando imagino ciertos momentos del futuro, aunque hace años que ya no forman parte de mi vida cotidiana.
Quizás no vamos a tener la oportunidad de envejecer juntos como alguna vez pensamos. Pero tampoco desaparecen.
Hay personas que dejan de caminar a nuestro lado y pasan a vivir en nuestra historia. Ya no forman parte de nuestro presente, pero siguen habitando lugares a los que volvemos de vez en cuando: una fotografía, una historia que alguien cuenta, una etapa de nuestra vida.
Y quizás esa también sea una forma de quedarse.
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