Hace un tiempo escribí sobre cómo en español no nos bastó un solo verbo para existir. (Inspirada por @carmenamoresrv y aquel post de Vivir en español). Ahora, escuchándola otra vez, descubrí algo más: tampoco nos bastó con la realidad que conjuga el indicativo, y entonces apareció el subjuntivo. Que en su momento en el colegio pensé que era una maldad de los profesores para complicarnos la gramática (perdón doña Diana); pero que ahora entiendo que vino a abrirnos un espacio para todo lo que todavía no existe.

Y por primera vez creo que lo entiendo… y hasta le agradezco que exista.

Porque hay momentos donde “lo que es” pesa demasiado.

Pero nosotros no vivimos solo ahí.

Vivimos también en lo que deseamos, tememos, imaginamos, sospechamos y esperamos. En esas conversaciones que adelantamos solos en la cabeza. En las noticias que todavía no llegan. En las cosas que ojalá salgan bien. En aquello que todavía no podemos tocar… o que quizá nunca llegue a existir. Y es curioso pensar que gran parte de nuestra vida emocional ocurre precisamente ahí: en tiempos verbales que no son del todo reales.

Los padres vivimos ahí, imaginando futuros para hijos que todavía ni entienden el mundo. Los enamorados vivimos ahí. Los ansiosos, ni se diga. Los que tienen fe viven ahí también. Los que esperan resultados, respuestas o señales. Vivimos entre ojalás, quizás, aunque y tal vez.

Cuando la realidad dice: “este es el diagnóstico”, la esperanza responde: “ojalá que mejore”. Y ese pequeño cambio verbal no altera inmediatamente los hechos. No cambia el diagnóstico. Pero sí transforma la manera en que atravesamos la situación.

Porque hay momentos donde el alma no puede vivir solamente en presente. Necesita asomarse un poco a la esperanza.

Y quizá por eso ahora lo veo distinto. Porque el subjuntivo termina siendo mucho más que una estructura gramatical. Es casi el idioma interno de la fragilidad humana. El lugar donde viven las cosas que todavía no sabemos si van a doler o sanar. Lo que quisiéramos decir. Lo que tememos perder. Lo que todavía esperamos. Lo que imaginamos cuando rezamos. Lo que repetimos en silencio mientras esperamos una llamada, una noticia o una respuesta.

El indicativo nombra la realidad. El subjuntivo, a veces, nos ayuda a respirar dentro de ella.

Porque “ojalá” no cura. Pero a veces es lo único que uno tiene mientras espera. Y también nos recuerda que un mal momento va a terminar, que hay más de un final posible para lo que nos pasa.

Tal vez por eso el ser humano nunca ha sabido vivir únicamente dentro de lo definitivo. Necesitamos espacio para la duda, para la posibilidad, para la esperanza. Para todo aquello que todavía no tiene forma completa… pero ya existe dentro de nosotros.

Porque antes de que muchas cosas existan afuera, primero existen adentro: como deseo, como miedo, como oración, como esperanza.

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