Hace muchos años, en nuestros viajes en familia, nos pasaba algo curioso: dondequiera que íbamos terminábamos haciendo amigos rápido. Siempre aparecía gente amable, conversaciones largas y esa sensación de: “qué gente tan chévere”.
Un día, saliendo de una comida, una de las niñas dijo: “Qué suerte la nuestra encontrándonos siempre gente tan chévere”. Y sin pensarlo mucho solté: “O los chéveres somos nosotros.” 😅
La frase se volvió un clásico en la familia. La repetíamos entre risas, pero con el tiempo dejó de sentirse como un chiste y empezó a convertirse en algo que de verdad queríamos lograr.
Porque nosotros nos preparábamos para viajar. Aprendíamos un poco del país, de su gente, de su cultura, de su comida. Aprendíamos a decir buenos días, gracias y por favor en otro idioma. No era para impresionar a nadie. Era una forma de decir: “Estoy entrando a tu casa y quiero hacerlo con respeto”.
Y sin darnos cuenta esa actitud “chévere” no se quedó solo en los viajes.
Se metió en la vida normal. En las amistades viejas y las nuevas. En una mesa compartida. En el desconocido del elevador. En la persona que llega por primera vez a un grupo y todavía no sabe dónde sentarse.
Con los años creo que entendí algo: muchas veces pensamos que las personas especiales simplemente aparecen en nuestra vida, como si fueran una especie de lotería humana. “Qué suerte encontrarnos gente buena”, “qué suerte encontrar personas afines”, “qué chévere caerle bien a la gente”.
Pero quizás no es solo suerte.
Quizás también existe una forma de mirar a los demás. Una forma de recibirlos.
Porque cuando uno llega a un lugar con curiosidad, con respeto, con ganas genuinas de escuchar, algo cambia.
Y no sé explicar bien cómo pasa.
A veces uno empieza hablando del vino. O de un viaje. O de cualquier tontería. Y de pronto alguien menciona a sus hijos. O habla de una ciudad donde vivió hace años. O dice algo pequeño, casi de pasada: “mi mamá está pasando por algo”, “extraño mi país”, “espérate que te enseñe una foto”.
Y ahí ya pasó algo.
Porque uno hace una hora no conocía a esa persona.
Y ahora está viendo fotos de sus hijos, riéndose de historias familiares o hablando de cosas que normalmente no se cuentan en una conversación por compromiso.
Este fin de semana nos juntamos con uno de esos amigos chéveres que conocimos hace muchos años en un viaje. Como era de esperar, pasamos un momento maravilloso. Luego nos escribieron después de compartir juntos y coincidieron en que lo importante no fue ni el lugar, ni el vino, ni la comida, ni la ropa que teníamos puesta.
Sino algo que, como dice Arrebato: 🎶“Gente luminosa… la que te regala tiempo y… se alegra más que yo si tuve un golpe de suerte”🎶
Tal vez la teoría tenía algo de verdad.
Porque quizás ser chévere no tiene tanto que ver con caer bien.
Quizás tiene más que ver con hacer sentir bien.
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