Después de escribir en mi blog desde agosto del año pasado, por primera vez dejé de publicar durante varias semanas. Aun teniendo textos escritos que solo necesitaban que les diera al botón de publicar.
Y dos cosas pasaron al mismo tiempo: no pasó nada y pasó algo.
No pasó nada porque el mundo siguió girando. No se cayó el blog. No desaparecieron los lectores. No perdí mi voz. No me convertí en una persona que abandona proyectos. Todo ese miedo que a veces acompaña una pausa no se materializó.
Pero pasó algo porque la ausencia dejó una huella. Gente preguntó, gente notó, gente esperó. Y eso, aunque parezca pequeño, no se sintió pequeño para mí.
Al principio, cuando empecé a publicar, sentía que estaba hablando en una habitación vacía. Varias semanas sin publicar me demostraron que no. Hay personas que ya hicieron un pequeño espacio para mí en su rutina. No porque les deba un post cada martes, sino porque les gusta cuando aparezco. Y eso es diferente.
Quizás una parte de mí necesitaba comprobar algo: “Si dejo de publicar, ¿importa?”. Y la respuesta parece haber sido: “Menos de lo que yo temía… y más de lo que yo pensaba.”
No una importancia gigantesca. No una estatua en una plaza. Algo más sencillo. Como una puerta que uno está acostumbrado a encontrar abierta y cuya ausencia nota el día que permanece cerrada.
Y quizás eso me hizo comprender que Viviendo Ligera no es solo un lugar donde yo escribo, sino un lugar donde algunas personas pasan a visitarme. Y cuando la puerta no abrió un par de martes seguidos, algunos se quedaron mirando y pensando: “Qué raro… hoy tampoco abrió.”
Y fue ahí cuando pensé en algo que va mucho más allá de un blog. Porque esto no solo pasa con los espacios que creamos. También pasa con las personas.
La mamá que llama todos los días, la amiga que siempre organiza, la vecina que saluda, la persona que escucha, el compañero que resuelve. Como siempre están, terminan formando parte del paisaje. Dejamos de notarlas. Hasta que un día faltan. Y entonces descubrimos que ocupaban más espacio del que imaginábamos.
Al final, quizá la importancia de una presencia no se mide por el ruido que hace cuando llega, sino por el silencio que deja cuando no está.
Y por eso, después de estas semanas, me alegra volver a abrir la puerta. Porque descubrí que del otro lado había gente esperando.
Deja un comentario