• Hoy pienso en el peligro de engancharnos en la vida de vitrina… la que enseñamos, la que otros ven, la que a veces hasta nosotros mismos terminamos creyendo completa.

    Y claro, si miro mis últimas semanas desde afuera, suenan como una película bastante bien editada: Turquía, Croacia, Montenegro, Grecia, Italia, viñedos, cenas bonitas, ruinas antiguas, mares azules, pueblos que parecen sacados de una postal. Fotos donde una aparece sonriendo, con el pelo más o menos en su sitio, como si viajar fuera solamente caminar por calles hermosas, probar vinos y descubrir lugares nuevos.

    Todo eso pasó. Es real. Pero también es verdad que eso no fueron mis semanas completas.

    Porque entre una foto y otra… hubo vida. Hubo cansancio. Hubo maletas mal cerradas. Hubo madrugadas. Hubo aeropuertos eternos. Hubo baños buscados con urgencia en lugares históricos. Hubo días en que el cuerpo ya no quería otra ruina, otro tour, otra explicación, otra escalera, otro “solo caminamos diez minutos más”.

    Hubo momentos preciosos, sí. Pero también hubo momentos en los que yo no tenía nada interesante que contar… y aun así estaba pasando todo.

    Esos momentos brillan. Y por eso los guardamos, los mostramos, los recordamos. Pero la vida no ocurre ahí. O no solamente ahí. Y entonces pasa algo peligroso: empezamos a comparar nuestra vida completa con los momentos editados de otros, y hasta de nosotros mismos. Estamos comparando procesos con resultados. Días enteros con segundos elegidos.

    Y ahí está el engaño. No en que lo que vemos sea mentira… sino en creer que eso es todo.

    Pero hay algo más que también pasa, y de eso casi no hablamos. Cuando mostramos esos momentos, los otros empiezan a construir una versión de nosotros. Más ordenada. Más clara. Más resuelta. “Ella sabe.” “Ella puede.” “Ella encuentra la forma.” Y lo dicen bonito, y hasta con buena intención… pero a veces pesa más de lo que parece.

    Porque yo dudo. Me canso de resolver. Se me bota el café. Se me pierde algo en la maleta. Se me seca la mata que tanto cuidé. Se me mancha la blusa favorita. Me desvelo en la noche. Sobrepienso mis problemas… y los de todo el mundo. Quiero dar… y a veces no hay quien reciba. Y sí, meto la pata cada vez que doy una opinión.

    Pero como ven la versión organizada, nos colocan, o nos dejamos colocar, en un lugar donde ya no cabemos completos.

    Porque detrás de la foto bonita también hay una mujer cansada, despeinada, confundida a ratos, buscando el cargador, contando las horas de sueño, preguntándose si de verdad tenía que empacar tanto, y tratando de recordar dónde dejó la paciencia.

    Y no digo esto para quitarle valor a lo bonito. Al contrario. Lo bonito también hay que celebrarlo, guardarlo y agradecerlo. Pero no podemos usarlo como prueba de que alguien tiene la vida resuelta. Ni convertir nuestras propias fotos en una jaula.

    No somos responsables del pedestal donde el otro decide ponernos. Ni de sostener una versión editada de lo que somos.

    Porque vivir ligero… también es eso. Bajarse de la vitrina. Del personaje. De la expectativa. Y volver a ese lugar donde la vida no siempre brilla… pero sí es donde la vida pasa.

  • Hay una parte del viaje que no está en el itinerario. No te la cuenta el guía, ni aparece en los libros de historia. Es la parte donde el lugar en el que estás empieza a hacerte pequeños comentarios al oído… sin pedirte permiso.

    En Grecia, yo llegué lista para filósofos, columnas y esa sensación de “aquí nació todo”. Y sí… pero no solo es eso. Los burros que hoy viven en imanes de nevera, postales y recuerdos de turistas, fueron durante siglos el transporte que hacía posible la vida entre montañas. En Olimpia, los atletas cruzaban un túnel vestidos y salían del otro lado sin nada: ni ropa, ni títulos, ni excusas. Competían así, como diciendo que ahí no vienes a demostrar lo que tienes, sino lo que eres.

    Y cuando ya tú crees que estás entendiendo Grecia, aparece la Grecia de hoy. Menos mármol, más realidad. Menos mito, más factura, política y económica. Gente amable que te saluda “kalimera”, que te conversa… y que reconoce República Dominicana por la serie de TV Survivor.

    Pero el viaje no se queda quieto.

    En Montenegro, la carretera decide participar. Una de esas calles donde no caben dos carros, con curvas que obligan al autobús a echar reversa con una fe que no viene incluida en el boleto. El paisaje es espectacular, pero no apto para quien le tenga respeto a las alturas. Frente al museo del rey Nikola I Petrović-Njegoš está la iglesia que guarda las manos de San Juan Bautista, y ahí, escuchando sobre reliquias, entendí algo por primera vez: a los santos los dividían. Otra vez aparece esa incomodidad difícil de acomodar: la devoción también pasó por partir lo sagrado en pedazos, repartir un cuerpo para multiplicar su presencia, como si la fe también hubiera tenido que resolver logística. Y por si fuera poco, en ese mismo país descubres que al rey Nikola le decían el “suegro de Europa”, porque casó a sus hijas con media realeza europea. Ni los mejores algoritmos de citas han logrado tanto.

    Después llegamos a Dubrovnik y el mundo vuelve a hacer de las suyas. Estás mirando techos de tejas, todos perfectos, y alguien comenta, como quien no quiere la cosa, que antes las hacían las mujeres usando sus muslos como molde. Y ya, se acabaron los techos: ahora ves piernas, barro, calor, repetición… vida. Entiendes que la historia no siempre se escribió con tinta; a veces se moldeó. La guía cuenta que mucha gente reconoce la ciudad por Game of Thrones, y que incluso le han preguntado qué van a hacer con las murallas cuando terminen las filmaciones. Y ahí el mapa se dobla un poco, porque lo moderno se reconoce más fácil que lo antiguo, y porque no es solo lo que los lugares fueron, sino lo que ahora significan, dependiendo de quién los mire.

    Nada de esto, por separado, parece gran cosa. Pero junto hace algo. Te mueve, te desarma un poco esa idea cómoda de que el mundo siempre fue como tú lo entendías, y te deja con una sospecha incómoda pero fascinante: que así como hoy miramos atrás y pensamos “¿cómo podían vivir así?”, algún día alguien va a mirarnos a nosotros con exactamente la misma cara.

    Viajar no es solo ver lugares. Es darte cuenta de que estabas mirando demasiado simple.

  • (y eso no le quita la magia)

    Hay una versión muy editada de los viajes que aparece por todas partes.
    Si quieren ver esa, pasen por Instagram a @josy_y_tommy. Ahí encontrarán fotos hermosas… y bastante postureo.

    La foto bonita.
    La mesa perfecta.
    El atardecer exacto.
    La pareja sonriente caminando como si nadie sudara, se desubicara, tuviera sueño o necesitara sentarse cinco minutos después de pisar demasiados siglos de historia.

    Y luego está el viaje real.

    El de despertarse temprano cuando el cuerpo todavía no entendió en qué país amaneció.
    El de caminar fascinada… y agotada.
    El de querer verlo todo mientras los pies amenazan sindicato.
    El de comer delicioso con la espalda pidiendo tregua.
    El de emocionarse frente a unas ruinas milenarias… y después salir buscando un baño con disciplina olímpica.

    Viajar también cansa.

    Cansa decidir.
    Empacar y desempacar.
    Orientarse.
    Madrugar.
    Adaptarse.
    Compartir espacios pequeños.
    Cambiar de cama, de horario, de moneda, de idioma… y a veces de humor.

    Y sin embargo, qué cosa tan mágica sigue siendo.

    Una puede estar cansada y agradecida al mismo tiempo.

    Extrañar su casa mientras descubre otra. Extrañar la casa también me recordó un texto viejo: Me estoy convirtiendo en casa para mí misma.
    Necesitar silencio en medio de tanta belleza.
    Querer descansar… sin perderse nada.

    No todo lo valioso llega envuelto en comodidad.

    También pasa con la maternidad.
    Con el amor.
    Con acompañar a quienes queremos.
    Con construir algo propio.
    Con crecer.

    Hay experiencias que pesan un poco mientras ensanchan la vida.

    Quizás el problema no es el cansancio.
    Es que nos vendieron la idea de que lo bueno debía sentirse siempre ligero.

    Y no.

    Hay alegrías que cansan.
    Hay privilegios que requieren energía.
    Hay días hermosos que terminan con los pies hinchados.

    Este viaje me lo está recordando:

    Que la fatiga no cancela la belleza.
    Que el esfuerzo no borra el privilegio.
    Que necesitar una pausa no significa falta de gratitud.

    Quizás vivir ligera no es vivir sin peso.

    Es saber cuáles cargas ensanchan la vida…
    y llevar esas con gusto.

  • Estoy haciendo maletas para un viaje que me tiene emocionada: Turquía, Grecia, Montenegro, Dubrovnik e Italia. Pero, al mismo tiempo, siento que el mundo anda raro.

    Ninguno de los países a los que voy está en conflicto —por ahora—, pero ya he entendido que ese “por ahora” es una frase delicada y frágil.

    En estos días leía sobre algo que se menciona mucho últimamente: el Overview Effect. Es esa experiencia que describen los astronautas cuando ven la Tierra desde la distancia; sin fronteras ni divisiones, solo una unidad. Pensaba en lo distinto que se ve todo desde esa altura; cómo se disuelven las urgencias, las fronteras, las peleas y las certezas.

    Pero luego una baja a tierra.

    Y abajo nos esperan las noticias, las tensiones y los problemas. También aparece la tentación de sentir que todo es nuestro, que todo nos corresponde, y que tenemos la obligación de procesarlo, entenderlo y sostenerlo.

    Y no.

    No todas las batallas son nuestras batallas. No lo digo desde la indiferencia, sino desde la conciencia de que, si intento cargar con todo, termino sin estar realmente presente en nada. Yo no puedo cambiar el mundo entero, pero sí puedo estar para lo que me toca: para mi gente, para lo que tengo cerca, para lo que sí puedo cuidar, acompañar o transformar, aunque sea algo pequeño.

    Quizás eso es lo que cambia cuando una toma distancia —aunque sea mental—: que empieza a distinguir mejor qué le corresponde y qué no.

    Así que me voy.

    Me voy con ilusión, con conciencia y con esa mezcla rara de saber que el mundo no es perfecto, pero que tampoco lo ha estado nunca. Me veré de primera mano frente a los muros de la antigua Troya, para ver el color del polvo y su famoso caballo. En Turquía, quizás encuentre los cojines perfectos para aquella alfombra mágica que no voló.

    Quién sabe si en Grecia se sentará a mi mesa el mismísimo Dioniso (el Dios del vino) junto a su padre Zeus, y esta vez sí tengamos una conversación sabrosa.

    Mientras cierro la maleta, pienso que tal vez vivir no es esperar a que todo esté en calma, sino aprender a moverse con respeto dentro del movimiento. Además, alguien tiene que hacer el «sacrificio» de ir a buscar inspiración para los próximos posts.

  • Hoy me quedé pensando en esa frase de Facundo Cabral:

    “Y si llueve… me mojo. Porque no me encojo.”

    Y yo:

    ¿encogerme? ¿Yo?

    ¿Pero qué soy… tela barata que se lava y sale talla XS emocional?

    Porque de chiquitas nos ponían la barra más alta que la cortina de la sala:

    no te despeines, no te ensucies, siéntate bien, no hagas bulto…pero se niña y aprovecha la infancia.

    Pero la vida… no es una foto perfecta de Pinterest, con un blower dominicano, de esos que dejan china a una africana. Y con las ropas con más combinación que una caja de seguridad. La vida es más bien como confiar en el weather app que decía que no iba a llover… para terminar como gallina mojada en 7 minutos.

    Y lo peor no es mojarse.

    Lo peor es el momento en que uno sigue viéndose en su mente como en la foto de Pinterest:

    Caminando rápido.

    Mirando al frente.

    Como si no estuviera pasando nada…señora, usted está empapada. Todos la ven, como gallina despeluzada.

    Y sí, yo he peleado con la lluvia.

    Con el plan que no salió.

    Con el giro que nadie me consultó.

    Con ese momento donde la vida claramente ignoró mi idea del “look perfecto”.

    Pero después… pasa algo raro.

    Las historias que más cuento…

    nunca son las que salieron perfectas.

    Son las que se dañaron.

    La comida que se quemó.

    El plan que se cayó.

    El día que terminó en cualquier cosa…

    pero uno se rió más de la cuenta.

    Así que sí… me mojo.

    A veces poquito.

    A veces tipo huracán categoría emocional.

    Pero no me encojo.

    Porque encogerse es peor.

    Es vivir tratando de no despeinarse…

    y terminar sin haber vivido nada que valga la pena contar.

    Así que no.

    Si llueve… me mojo.

    Y si ya me mojé…

    bueno.

    Que se dañe el pelo…

    pero que no se me dañe la vida tratando de cuidarlo.

  • En unas semanas vamos para Troya y esta señora está en modo aprender, de la historia, las leyendas y los mitos. Y quedé completamente enganchada con la mitología griega.

    Un simple miércoles por la noche, Tommy le ofreció un Wagyu a Patty y se unieron David y Nicole. Les anuncié que iba a ser todo un banquete griego. Empecé a buscar detalles por toda la casa (¡no faltaba más!, yo soy el departamento de póngalo bonito.) Mantel hermoso, platos bases, platos azules con servilletas a juego…

    Y entonces lo vi.

    En el escritorio de Tommy, la pequeña estatua de Dioniso.

    La traje a la mesa… Ya esto no era cualquier mesa, era una mesa de Dioses.

    Mucho vino, recetas griegas, que me ayudó ChatGPT a elaborar, conversación y cual si fuéramos filósofos de la antigua Grecia empezamos a analizar la mitología griega; no solo desde el concepto sino tratar de entenderlo. Y en medio del vino y la comida, terminamos hablando de eso… de cómo los griegos veían la vida. Sin promesas de orden, sin garantía de justicia. Un mundo donde ni siquiera los Dioses resolvían el conflicto… solo lo reflejaban.

    Al final, no faltaba más, Dioniso era el protagonista de la noche; hijo de Zeus y Sémele. Mitad dios, mitad humano.

    En esta ocasión Zeus no se transformó. No fue toro, ni cisne, ni lluvia dorada. Con Sémele se presentó. Disfrazado de hombre, sí, pero sin esconder del todo lo que era. Atraído por su belleza y su falta de miedo a los Dioses.

    Aparece Hera, esposa de Zeus. Y tienta a Sémele; no entra con fuerza sino con duda. Le siembra una pregunta sencilla, pero peligrosa: “¿Y si no es Zeus? Pídele que se muestre tal cual es”. Y Sémele pide. Y Zeus, atado por su propia promesa, accede.

    Pero Zeus no es forma. Zeus es rayo, es fuego, es poder sin medida. Y cuando se revela, ella no lo resiste. No muere por castigo. Muere por exceso de verdad.

    Zeus rescata al hijo, lo cose dentro de su propio cuerpo hasta terminar de gestarlo. Así nace Dioniso, Dios del vino, del éxtasis, de lo que se desborda, de ese punto donde lo humano y lo divino se mezclan y el control empieza a aflojarse.

    Mientras contaba esta historia, me di cuenta de algo. Dioniso no estaba solo en la mesa. Ya había empezado a ocupar un espacio en nuestras vidas.

    Tommy siempre ha sido control en su máxima expresión. Orden, detalle, estructura. Por eso cuando empezó su cuenta de vinos en Instagram, le regalé una pequeña estatua de Dioniso. No por estética. Más bien por contraste.

    Porque Dioniso no organiza, suelta. No mide, siente. No controla, permite.

    No es que Tommy dejó de ser quien es. Es que empezó a aflojar un poco. A dejar espacio. A no necesitar que todo esté perfectamente definido para poder disfrutarlo.

    Como si Dioniso callado, hubiera encontrado un lugar en su vida.

    Y quizás eso fue lo que me dejó la noche. Que no todo en la vida necesita orden para ser valioso. Que hay verdades que, si llegan sin medida, queman. Pero también hay otras que, cuando llegan en su punto justo, te enseñan a soltar.

    Quizás no soy yo sola. Quizás todos, en algún momento, necesitamos un poco de Dioniso en la mesa.

  • Hay un tipo de amor que llega más tarde… pero llega con una fuerza que uno no sabía que existía.

    El día que conocí a Emma en la clínica, no encontré palabras. No preparé un discurso ni una frase bonita. Solo me salió una canción, de esas que nacen directo del pecho.

    “A-mooo-reee… te amooo…”

    Y ya no se necesitó nada más. Tan pequeña, sin saber quién era yo. Emma no sabe qué son las abuelas, ni por qué me acerco con esa emoción que casi me desborda.

    Pero cuando la tengo cerca, algo en el aire cambia. Huele a pecho tibio, a abrazo antiguo, a un cariño que parece haber existido incluso antes de que ella fuera concebida.

    Con el tiempo entendí algo que me conmovió profundamente: Emma todavía no sabe mi nombre, pero su cuerpo reconoce mi voz. Cuando hablamos por cámara y me escucha cantar, sonríe. Y cuando ve mis lentes… esos círculos rojos… su carita se ilumina.

    Para ella, por ahora, soy simplemente la señora de los círculos rojos.

    Su abú.

    Y en ese descubrimiento también he entendido algo sobre la vida. Emma no ha tenido que ganarse un lugar en nuestro corazón. No ha tenido que demostrar nada, ni ser especial, ni lograr algo.

    Ella llegó… y su lugar ya estaba hecho.

    Y viéndola a ella, así… tan tierna, solo siendo…

    entendí algo: que hay lugares en la vida que no se ganan… vienen con uno.

    Y mientras tanto, yo sigo cantándole lo único que me salió aquella primera vez:

    “A-mooo-reee… te amooo.”

    Tal vez por eso ser abuela se siente distinto.

    No es el amor urgente de cuando una está criando.

    Es un amor más tranquilo, más sabio. Uno que ya no vive corriendo detrás del tiempo ni de las responsabilidades.

    Los abuelos sabemos algo que antes no sabíamos: lo rápido que pasa la vida.

    Y quizás por eso queremos aprovechar esta segunda oportunidad de amar… con más calma, con menos miedo, y con el corazón completamente abierto.

  • Hoy me tocó cerrar un capítulo práctico: la entrega de una casa alquilada, la revisión de muebles, y esa conversación incómoda que siempre aparece al final… el depósito.

    Podría haber elegido lo fácil: quedarme con todo, respaldarme en contratos, en fotos, en “lo que me corresponde”.

    Y no hubiera estado mal.

    Pero tampoco hubiera sido completamente yo.

    Porque hay decisiones que no se toman desde el derecho, sino desde la coherencia.

    La casa volvió limpia. Cuidada. Habitada con intención.

    Los muebles… sí, más gastados.

    Pero también, honestamente, ya no eran los mismos que yo elegiría hoy.

    Y eso también es verdad.

    Podría contar la historia desde la pérdida, desde lo que se deterioró, desde lo que ya no sirve.

    O puedo contarla desde lo que sí fue: un espacio vivido, un acuerdo que —con sus imperfecciones— se sostuvo sin conflicto.

    El inquilino hoy negocia. Es natural. Todos defendemos lo nuestro.

    Y por primera vez… yo también.

    Pero no desde la rigidez, ni desde la necesidad de ganar.

    Sino desde ese punto medio que no siempre es exacto… pero sí se siente en paz.

    Ni todo para mí.

    Ni todo para él.

    Lo suficiente para cerrar bien.

    Porque al final, no estoy resolviendo muebles. También estoy lidiando con la última conexión material con nuestra vida en República Dominicana.

    Y en este momento estoy practicando algo mucho más importante:

    la forma en la que quiero relacionarme con el dinero, con los acuerdos… y conmigo misma.

    Y hoy entendí algo:

    lo justo no siempre se siente cómodo,

    pero la paz… sí se reconoce.

    Y hoy, eso vale más que cualquier depósito.

  • Siempre me reía de las viejitas que se llevaban las cremas de los hoteles.

    “Por favor —pensaba—, ¿para qué cargar con eso?”

    Hasta hoy.

    Estaba limpiando mi estuche de viaje y apareció un pequeño frasco olvidado:

    body lotion, lemongrass & ginger — The Apurva Kempinski, Bali.

    Iba directo al zafacón…

    pero decidí abrirlo.

    Y bastó una bocanada para volver allí.

    El cuerpo recordó antes que la mente:

    la penumbra del spa, el murmullo del mar,

    las batas iguales, las risas cómplices antes del silencio.

    Dos camillas frente al océano.

    Las manos expertas de Wayan y Ayu desatando nudos.

    Los aceites tibios sobre la piel, el aroma de jengibre y hierba fresca flotando en el aire.

    Y la protesta de Tommy cuando Ayu le dijo:

    “Sir, your massage is finished.”

    Entre respiraciones sincronizadas,

    sentí que el tiempo se detenía.

    Dicen que la memoria olfativa no pasa por la razón.

    Va directo al alma.

    Y tenían razón.

    Ese frasquito me devolvió un instante de pura paz,

    de placer sin pretensión,

    de “esto hay que repetirlo algún día”.

    Ahora entiendo a las viejitas.

    No se llevan las cremas.

    Se llevan la posibilidad

    de volver por un instante

    a un lugar donde fueron felices.

  • En Sri Lanka aprendí que la espiritualidad puede viajar cómodamente en el tablero de un tuk-tuk morado.

    Nuestro guía, Tharanga, manejaba con esa calma misteriosa que tienen algunas personas cuando están haciendo algo que a los demás nos parece ligeramente suicida. El tráfico alrededor era una coreografía caótica de autobuses enormes, motocicletas que aparecían de la nada, peatones cruzando con fe absoluta en el destino y otros tuk-tuks que parecían haber firmado un pacto colectivo para tocar la bocina cada tres segundos.

    Mientras él zigzagueaba con la naturalidad de quien ha hecho eso toda su vida, yo trataba de relajarme recordando que millones de personas sobreviven diariamente al tráfico de Colombo. Fue entonces cuando miré el tablero frente al volante… y entendí que Tharanga no estaba manejando solo.

    Ahí estaba Buda, con su serenidad imperturbable. A su lado, Ganesha, con su cabeza de elefante y su fama de quitar obstáculos —lo cual, en ese tráfico, parecía una habilidad muy útil—. Un poco más allá, Garuda, mitad hombre y mitad ave, listo para levantar vuelo si las cosas se complicaban demasiado. Y entre ellos, perfectamente integrados, un Jesucristo con su mano levantada en señal de bendición y una Virgen que también vigilaba el camino desde su pequeño pedestal.

    Era, sin exagerar, el comité interreligioso más eficiente que he visto.

    Le pregunté a Tharanga si todos eran suyos. Se rió con una simplicidad que parecía resolver siglos de discusiones teológicas en una sola frase:

    “Mientras más protección, mejor”.

    Y seguimos avanzando.

    Mientras el tuk-tuk se abría paso entre el caos con una mezcla de habilidad, intuición y probablemente algo de intervención divina colectiva, yo miraba ese pequeño altar improvisado y pensaba que, curiosamente, ese tablero tenía más convivencia religiosa que buena parte del mundo.

    Reconozco varios de esos nombres. Conozco las historias, los templos y las tradiciones que los rodean. Pero, mirándolos ahí juntos, compartiendo espacio sin ningún drama, me vino una idea muy simple: si a todos esos dioses les quitáramos el nombre, el idioma en que se les reza y la historia particular que cada religión construyó alrededor de ellos, probablemente descubriríamos que el mensaje central no es tan diferente.

    Casi todos, de una forma u otra, terminan apuntando al mismo lugar: amar más, tener compasión, cuidar al otro, intentar no hacer daño innecesario y esforzarse por ser hoy un poquito mejor de lo que uno fue ayer.

    Nada demasiado complicado.

    Lo complicado lo hemos puesto nosotros.

    Porque los humanos tenemos un talento particular para discutir por el nombre del camino en lugar de caminarlo. Convertimos las creencias en banderas, las banderas en fronteras y, de repente, lo diferente deja de ser interesante y pasa a ser sospechoso, incorrecto o incluso peligroso.

    Mientras tanto, en el tablero del tuk-tuk de Tharanga, Buda, Ganesha, Garuda, Jesucristo y la Virgen viajaban juntos sin ningún problema, como si la diversidad espiritual fuera lo más natural del mundo.

    Y tal vez lo es.

    Quizás el nombre cambia, la historia cambia, la cultura cambia… pero el centro casi siempre termina siendo el mismo:

    Amar más.

    Tener más empatía.

    Y evolucionar un poquito.

    Ser hoy mejor de lo que éramos ayer.

    Confieso que desde ese día me gusta la idea de ese pequeño altar improvisado. No porque necesite tantos dioses vigilando mi vida, sino porque me recuerda algo sencillo: el viaje puede ser caótico, el tráfico del mundo a veces es un desastre… pero cuando el propósito es avanzar con un poco más de amor y humanidad, parece que siempre hay espacio para que todos viajen en el mismo tuk-tuk.

    Fue hermoso cómo Tharanga, con su altar lleno de dioses, decidió que dos desconocidos del otro lado del mundo —quizás solo porque llevábamos camisas típicas iguales— también podían ser familia.