• Como persona curiosa, me encanta probar lo nuevo. No me gusta quedarme al margen de la tecnología ni decidir que algo no es para mí antes de entender cómo funciona. Y con la inteligencia artificial he encontrado una ayudante que, para alguien que siempre tiene una investigación abierta, una idea dando vueltas y algo pendiente por escribir, resulta bastante irresistible.

    La IA puede ayudarnos a aprender, pero también podemos usarla para saltarnos ese aprendizaje. Y lo difícil es que ambas cosas se parecen mucho: en las dos obtenemos una respuesta, pero no necesariamente nos llevamos la misma comprensión.

    Por otro lado, también me confunde. Me presenta más opciones de las que necesito, convierte asuntos sencillos en proyectos y, en ocasiones, quiere tratar los temas humanos con una certeza matemática que ya quisiera yo para calcular cuánto arroz hacer cuando viene visita.

    Así que últimamente he estado pensando en lo que pasa cuando nos acostumbramos a consultar antes de intentar. ¿Cómo distingo cuándo me está ayudando a pensar y cuándo estoy dejando que piense por mí?

    Imaginemos que estamos en un restaurante y la mesa está coja. Una de esas mesas que se mueve cada vez que alguien apoya el brazo y amenaza con repartir el agua entre todos los que ahí estamos.

    Miramos debajo, encontramos la pata que queda en el aire, doblamos una servilleta y la acomodamos. Si quedó muy fina, le damos otro doblez. Probamos. Ya está.

    No necesitamos hacer un doctorado sobre estabilidad de muebles, analizar mil teorías ni buscar una oficina de abogados que nos explique cuáles son nuestros derechos frente a una mesa coja.

    Necesitamos mirar, pensar un poquito y atrevernos a probar.

    Quizás si le pregunto a ChatGPT sobre este tema, me sugeriría poner un pedacito de cartón debajo de la pata y hasta me daría cuatro o cinco opciones de tipos de cartón. ¿Y si no hay cartón? ¿Y si lo que tenemos delante son servilletas?

    Eso me lleva a pensar que podemos estar perdiendo nuestra capacidad de observar con qué contamos. De descubrir que algo puede servir para un uso distinto del que tenía previsto… pero si nos quedamos buscando el cartón que alguien nos recomendó, quizás ni siquiera veamos la servilleta.

    Eso es lo que más me inquieta: perder la confianza en nuestras propias ideas y, poco a poco, dejar de intentar. Atrofiar nuestro sentido crítico, que solo se desarrolla practicándolo: examinando algo antes de aceptarlo, incluso cuando nos gusta o confirma lo que ya creemos. No es llevar la contraria ni desconfiar de todo: es aprender a distinguir qué merece nuestra confianza y por qué.

    Que antes de escribir unas palabras de pésame sintamos que no sabremos qué decir. Que para expresar amor necesitemos una versión mejor redactada de lo que sentimos. Claro que podemos necesitar orientación. Yo la busco constantemente. Pero me preocupa ese momento en que empezamos a sentir que, sin una indicación externa, no sabremos qué hacer.

    Hay algo valioso en permitirnos una primera idea, aunque no sea la que resuelva el problema. Probarla, descubrir que no funciona, frustrarnos un poco y hacer un ajuste. Darnos cuenta de que podemos equivocarnos sin que eso signifique que somos incapaces.

    La servilleta puede quedar demasiado gruesa. El mensaje puede salir un poco torpe. El primer párrafo puede necesitar tres vueltas. Me gustaría que siguiéramos teniendo paciencia para eso. Que lo que todavía no nos sale bien no se convierta automáticamente en algo que encargamos a otro.

    Mientras hablábamos, mi querida ChatGPT y yo nos reímos de la facilidad con que puede responder: «¡Excelente idea, Josy! ¿Quieres que te prepare una guía con cinco tipos de cartón, sus ventajas y un plan para implementarlo?».

    Y yo le respondería: «Bibliotecaria, pásame una servilleta».

    Que es una señal que le doy a ChatGPT cuando me mezcla temas filosóficos que hemos tratado en otra conversación con una búsqueda de cuál es el mejor detergente para sacar manchas: «¡Bibliotecaria, solo un libro a la vez!».

    Me encanta contar con esa ayuda. Pero también quiero seguir escuchando mis ideas antes de que llegue una respuesta tan ordenada que me haga olvidarlas.

    Quiero conservar ese pequeño impulso de mirar una mesa coja y pensar: déjame probar.

  • Si miro hacia atrás, me cuesta encontrar una época de mi vida en la que no estuviera trabajando para alcanzar algo. Siempre ha habido una meta, un proyecto, un viaje, una celebración, una investigación o algún problema que necesitaba solución.

    Y, en mi gran inteligencia, procuraba no tener uno solo. Lo verdaderamente eficiente era mantener varios proyectos abiertos al mismo tiempo. Así, cuando uno terminaba, todavía quedaban dos o tres esperando. Y si todo parecía estar demasiado tranquilo, siempre he tenido una extraordinaria capacidad para encontrar algo nuevo que organizar.

    Durante mucho tiempo pensé que esa era simplemente mi manera de ser. Soy inquieta, entusiasta y curiosa. Me gusta imaginar proyectos y, sobre todo, convertir una idea en algo concreto. Donde otros ven una posibilidad, yo ya estoy haciendo una lista, buscando información y calculando cuánto tiempo necesitamos.

    Y todo eso es verdad. El problema es que quizás no sea toda la verdad.

    Hace poco pensé en ese momento extraño que llega después de alcanzar una meta. El día siguiente a eso que durante semanas, meses o incluso años ocupó nuestros pensamientos y organizó nuestros esfuerzos. Nos enseñan a perseguir lo que queremos, a perseverar, a no rendirnos, pero casi nunca nos enseñan qué hacer cuando finalmente llegamos.

    Yo, al parecer, encontré mi propia solución: asegurarme de que ese día no llegara nunca.

    Mientras avanzaba hacia un destino, ya tenía otro esperándome. No había que detenerse demasiado a celebrar, a descansar ni a preguntarse qué venía después, porque lo próximo ya estaba en marcha. Mi sistema era bastante efectivo. También agotador, pero eso lo descubrí más tarde.

    La verdad es que cuando estoy resolviendo algo sé perfectamente quién soy. Soy la que organiza, la que busca, la que encuentra una manera. Hay algo muy tranquilizador en los problemas que tienen solución, incluso cuando cuesta encontrarla. Una puede investigar, hacer llamadas, tocar puertas, probar otra vez. Siempre hay una próxima acción.

    El silencio, en cambio, no trae instrucciones.

    Cuando no hay nada urgente que hacer, aparecen preguntas menos cómodas. ¿Qué quiero cuando nadie necesita nada de mí? ¿Qué siento cuando no tengo una tarea ocupando todo el espacio? ¿Quién soy cuando no estoy resolviendo algo?

    Quizás por eso no siempre seguimos avanzando por ambición. A veces el movimiento también es una forma de no escuchar. Mientras haya una meta delante, no tenemos que detenernos a descubrir si todavía queremos ir hacia allí o si simplemente seguimos el rumbo que trazamos hace mucho tiempo.

    No creo que la respuesta sea dejar de tener proyectos. Eso sería pedirle a un río que renuncie a moverse. Mis proyectos me entusiasman, despiertan mi curiosidad y han llenado mi vida de experiencias maravillosas. No quiero convertir una parte tan auténtica de mí en un defecto solo porque ahora entiendo que también me ha servido de refugio.

    Pero quizás sí necesito aprender a reconocer cuándo avanzo porque algo me ilusiona y cuándo estoy buscando ruido para no escucharme. No correr a llenar cada espacio con otra lista antes de averiguar qué quiere decirme el silencio.

    Tal vez el verdadero día después de llegar comienza cuando, por una vez, no salimos inmediatamente en busca del próximo destino. Cuando nos quedamos allí un rato, aunque no sepamos qué hacer con las manos y el silencio empiece a hacer preguntas.

    No sé todavía quién soy cuando no estoy resolviendo algo. Pero quizás ya es hora de quedarme quieta el tiempo suficiente para empezar a averiguarlo.

  • En estas últimas semanas, mis posts se fueron convirtiendo en algo que estaba viviendo “en vivo”, a raíz de los preparativos y la posterior celebración del cumpleaños de Nicole. Pero ese ritmo no me resulta sostenible. Prefiero no tener la presión de llegar al lunes en la tarde sin saber qué voy a publicar el martes o, peor aún, sentir que necesito escribir sobre algo que viví esa misma semana, sin darle tiempo de decantar, como a los buenos vinos.

    Quizás porque en esas historias recientes mi familia ha estado tan presente, este fin de semana, durante una cena en casa de nuestros queridos amigos Carmen y Gerardo, él me hizo una pregunta: ¿cómo manejas hablar de otras personas en tus posts?

    Le respondí casi sin pensarlo: solo yo puedo vulnerarme a mí misma.

    La pregunta me llevó al momento en que me comprometí conmigo misma a abrir el blog. Había algunas cosas que me daban mucho susto, así que tuve que luchar primero conmigo para romper la inercia y empezar.

    Lo primero que decidí fue que, como estaba compartiendo algunas entradas de mi diario, si algo requería “mucha edición”, no era para publicar. Era algo íntimo. Entonces elegí diez entradas de mi diario, las dejé listas y con ellas armé lo que llamé la primera temporada. Así me aseguraba material para las primeras diez semanas.

    Lo segundo fue entender que muchas de las historias que cuento no las viví sola. Había otras personas y, aunque compartimos lo sucedido, solo tengo derecho a contar mi experiencia. Puedo escribir cómo me sentí, lo que algo significó para mí o la forma en que se movió dentro de mí, pero no asumir lo que el otro pensó o sintió ni revelar lo que no me pertenece. Porque, aunque yo haya estado ahí, esa historia también es suya. Y amar a alguien no me concede derechos sobre su historia.

    Mi límite siempre ha sido este: puedo abrir mi puerta —como decidí hacerlo desde mi primer post, Puerta Abierta—, pero no me corresponde abrir la habitación de nadie más.

    Por eso, aunque mi familia está siempre presente en mi diario, en mis posts, en mi corazón y en mi mente, soy cuidadosa de que aparezca solamente la parte que me pertenece.

    Así que Tommy, Gaby, Nicole, Emma, Erik, David… claro que aparecen en mis posts.

    No aparecen completos, porque tampoco me pertenecen completos. A veces están en una frase, en una celebración, en un recuerdo o en la forma en que algo que hicieron se movió dentro de mí. Otras veces están precisamente en lo que decido callar. Porque cuidar una historia también puede ser una forma de cuidar a quien forma parte de ella.

    Escribir con honestidad no significa contarlo todo, sino saber qué parte de la historia me pertenece contar y cuál me corresponde proteger.

  • Yo pensaba que madurar era llegar a un punto de la vida en el que ya no tendría tantas dudas. Que me equivocaría menos, tendría más respuestas y sabría qué hacer en casi cualquier situación.

    No sé exactamente a qué edad suponía que ocurriría semejante transformación, pero evidentemente se ha tomado su tiempo.

    Hace unos días vi un post sobre “las leyes de la madurez”. En general eran ideas sensatas, aunque algunas me parecieron demasiado absolutas. Una decía: “No esperes nada, aprecia todo”.

    Y pensé: no.

    No quiero dejar de esperar cosas buenas, de ilusionarme con un proyecto o de esperar reciprocidad de las personas que quiero solo para protegerme de una posible decepción.

    Quizás madurar no sea dejar de esperar, sino entender que las cosas no siempre salen como queremos y estar bien con eso. Que un resultado no tenga el poder de decidir cuánto valió el camino.

    Durante mucho tiempo creí que madurar consistía en acumular certezas. Ahora creo que tiene mucho más que ver con aprender a elegir.

    Pensando en esto miré mi vision board y me di cuenta de algo que no había visto antes.

    En él casi no hay cosas.

    Hay una mujer caminando, amigas, familia, viajes, alguien escribiendo, lugares por conocer.

    No habla tanto de lo que quiero tener. Habla de cómo quiero sentirme, de cómo quiero disfrutar lo que tengo, de la mujer que quiero seguir siendo, de quiénes quiero rodearme y de todo lo que todavía quiero aprender.

    Y pensé que quizás ahí estaba mi propia definición de madurez.

    Sigo teniendo dudas. Me sigo equivocando. Todavía hay situaciones en las que no tengo la menor idea de qué hacer.

    La diferencia es que ya no necesito tener todas las respuestas.

    Ahora miro mi vision board y entiendo que, sin proponérmelo, no puse allí la vida que quiero tener.

    Puse la manera en que quiero vivir la vida que tengo.

  • Yo pensaba que madurar era llegar a un punto de la vida en el que ya no tendría tantas dudas. Que me equivocaría menos, tendría más respuestas y sabría qué hacer en casi cualquier situación.

    No sé exactamente a qué edad suponía que ocurriría semejante transformación, pero evidentemente se ha tomado su tiempo.

    Hace unos días vi un post sobre “las leyes de la madurez”. En general eran ideas sensatas, aunque algunas me parecieron demasiado absolutas. Una decía: “No esperes nada, aprecia todo”.

    Y pensé: no.

    No quiero dejar de esperar cosas buenas, de ilusionarme con un proyecto o de esperar reciprocidad de las personas que quiero solo para protegerme de una posible decepción.

    Quizás madurar no sea dejar de esperar, sino entender que las cosas no siempre salen como queremos y estar bien con eso. Que un resultado no tenga el poder de decidir cuánto valió el camino.

    Durante mucho tiempo creí que madurar consistía en acumular certezas. Ahora creo que tiene mucho más que ver con aprender a elegir.

    Pensando en esto miré mi vision board y me di cuenta de algo que no había visto antes.

    En él casi no hay cosas.

    Hay una mujer caminando, amigas, familia, viajes, alguien escribiendo, lugares por conocer.

    No habla tanto de lo que quiero tener. Habla de cómo quiero sentirme, de cómo quiero disfrutar lo que tengo, de la mujer que quiero seguir siendo, de quiénes quiero rodearme y de todo lo que todavía quiero aprender.

    Y pensé que quizás ahí estaba mi propia definición de madurez.

    Sigo teniendo dudas. Me sigo equivocando. Todavía hay situaciones en las que no tengo la menor idea de qué hacer.

    La diferencia es que ya no necesito tener todas las respuestas.

    Ahora miro mi vision board y entiendo que, sin proponérmelo, no puse allí la vida que quiero tener.

    Puse la manera en que quiero vivir la vida que tengo.

  • Creo que todavía sigo sacando muebles de la cueva del conejo de Alicia en el país de las maravillas. Después de una fiesta, las cajas, los muebles y los adornos que movimos de su lugar habitual aparecen en los sitios más insospechados, siguen saliendo de los clósets y uno se pregunta cómo era posible que todo eso cupiera en un solo apartamento.

    Durante semanas, nuestro apartamento dejó de ser un apartamento para convertirse en el rooftop de un club de yates del Mediterráneo. Hubo listas interminables, compras, pruebas, cambios de idea y muchas horas de trabajo. Pero la verdadera magia estuvo en los detalles. No había un libro de firmas; había postales de distintos rincones del Mediterráneo para que cada invitado le escribiera un mensaje a Nicole. Hasta la bartender y la camarera llevaban delantales con el nombre de nuestro pequeño club, creado exclusivamente pensando en todo lo que a Nicole le gusta.

    Cuando ves la cara de Nicole y lees que para ella “Yesterday was a dream”, entiendes que cada minuto valió la pena.

    Nada de esto habría sido posible sola.

    Gracias a Gaby, que convirtió una idea en toda una identidad visual y dio vida a Soleil 28, diseñando el logo, los colores, la invitación, el menú del bar y cada detalle que hizo que el club pareciera real. Gracias a Patricia y Alice, que estuvieron a mi lado antes, durante y después, resolviendo, cargando, decorando y haciendo que todo fluyera. Gracias a tío Tony y tía Yudi, que hicieron el viaje solo para celebrar con nosotros. Y gracias a cada persona que nos acompañó, porque al final una fiesta no la hacen los limones, las flores o el bar. La hacen las personas que aceptan entrar en el juego, vestirse para el club, escribir una postal, brindar, reír y hacer que, por unas horas, un lugar imaginario se vuelva completamente real.

    Y, entre tanto movimiento, yo también recibí un regalo. Empecé queriendo crear un recuerdo para Nicole y terminé viendo cómo una idea se convertía en el proyecto de muchas personas. Cada uno puso un pedacito de sí para hacer feliz a alguien más y, sin darme cuenta, mi propia vasija también se fue llenando.

    Ver a la reina de mi selva tan feliz, tan querida y tan celebrada… no tiene precio.

    Gracias a todos por ayudarnos a convertir una idea en un recuerdo que Nicole podrá volver a visitar cada vez que abra esa caja llena de postales escritas por las personas que más quiere.

    “Yesterday was a dream.”

    Creo que ese fue el mejor review que pudo recibir nuestro Soleil 28. Porque no lo escribió cualquier invitado. Lo escribió la protagonista de la historia.

  • Esta mañana leí un mensaje que hablaba de manifestar una semana de abundancia, de paz mental y de buenas noticias. Decía que no dudáramos tanto de lo que viene para nosotros, porque aquello que estamos esperando también está buscando la forma de llegar. Lo leí y pensé que, hace apenas unas semanas, me habría parecido imposible creerlo.

    Hay momentos en los que uno no necesita que le expliquen que todo va a pasar. Lo sabe. Lo que no sabe es cómo atravesar el día de hoy. Yo venía de uno de esos momentos. No tenía energía. No encontraba entusiasmo. Había perdido las ganas de casi todo y sentía que la vida se había vuelto demasiado pesada.

    Y entonces apareció el cumpleaños de Nicole.

    No fue que organizar una fiesta resolviera nada. De hecho, hubo días en que no tenía fuerzas ni para eso. Pero, curiosamente, mientras escogía colores, imaginaba detalles, buscaba una mesa, pensaba en una canción o en una sorpresa para ella, algo empezó a moverse dentro de mí. Sin proponérmelo, estaba volviendo a mirar hacia adelante. Y creo que eso tiene mucho que ver con Nicole.

    Desde que nació llegó con una manera muy particular de caminar por la vida. Tiene esa mezcla rara entre intensidad y calma. Sueña en grande, pero mantiene los pies bien puestos sobre la tierra. Cuando algo la mueve, no se paraliza. Se pone en marcha.

    Siempre digo que es Leo. Pero no cualquier Leo. Ella es la reina de mi selva. No porque mande sobre mí, sino porque, cuando todo empieza a llenarse de maleza por dentro, tiene esa capacidad de abrir un sendero y recordarme que todavía existe un lugar hermoso al otro lado.

    A veces creemos que la esperanza llega como un gran rayo de luz. Y sí, a veces sucede.

    Pero otras llega disfrazada de una fiesta de cumpleaños. Y cuando eres incapaz de hacer las cosas “más o menos”, sino que conviertes cualquier celebración en una producción completa, pasas semanas imaginando, creando y soñando. Sin darte cuenta, todo eso también empieza a reconstruirte por dentro.

    Otras veces llega de la mano de alguien que amas. Y esas terminan siendo razones suficientes para levantarte de la cama cuando todavía no tienes ganas.

    Hoy entiendo que no siempre encontramos la salida buscándola. A veces aparece mientras inflamos globos, elegimos flores o imaginamos cómo hacer feliz a alguien que queremos. Y es solo después, cuando miramos hacia atrás, que descubrimos que, mientras preparábamos una celebración para otro, la vida también había empezado, muy despacio, a celebrar nuestro regreso.

  • Siempre me ha gustado leer. Me devoraba cientos de páginas después de cenar y normalmente solo me dormía cuando llegaba al punto final y cerraba la contraportada del libro.

    Con la universidad, el material de estudio era tanto que fui leyendo menos por placer y más por necesidad.

    Después llegaron la televisión, el cine… y la vida, que poco a poco te van robando ese rato maravilloso de estar sola con las letras que otro había escrito, mientras uno hace el resto del trabajo con la imaginación.

    Durante muchos años no fue que dejé de leer o de aprender. Fue que empecé a leer muchos libros de temas distintos. Pasé del clásico libro de cocina dominicana a Mujer 2000 (que era un libro futurista… porque salió a finales de los ochenta 😂), al indispensable Qué esperar cuando estás esperando. Aprendí a cuidar plantas, a manejar Quicken para que el presupuesto de la casa alcanzara y hasta me convertí en Google antes de que Google existiera. Por suerte me tocaron dos hijas curiosas e inteligentes que nunca dejaron de hacer preguntas y, sin darme cuenta, ellas fueron empujándome a seguir aprendiendo.

    Pero con el tiempo, y con la obligación de hacer malabares entre tantos roles, me di cuenta de que ya no solo tenía demasiados libros en mi mesa de noche. También tenía demasiados abiertos en mi cabeza.

    Hoy las exigencias y las expectativas siguen creciendo, y a esa pila de libros se le han ido sumando otros: el del skincare perfecto, el de los suplementos que debería tomar, el de la alimentación ideal, el de las noticias, el de una casa organizada, el de las series pendientes, el del Mundial, el de Venezuela, el de Medio Oriente… y seguro me estoy olvidando de unos cuantos más.

    Entonces entendí que el problema no era mi curiosidad.

    Era intentar leer todos los libros al mismo tiempo.

    Y mientras paso de uno a otro, termino con esa incómoda sensación de que no avanzo en ninguno.

    No quiero renunciar a mi curiosidad. No quiero dejar de aprender. Quizás ni siquiera tengo que terminar todos los libros que he empezado.

    Solo necesito escoger cuál merece toda mi atención por ahora.

    Y espero que, si algún día salgo de una biblioteca con los brazos llenos de libros, la bibliotecaria me mire por encima de los lentes y, con esa paciencia que solo tienen las buenas bibliotecarias, me diga:

    “Señora… un solo libro a la vez.”

  • Una de las cosas que más agradezco de haber envejecido… perdón, quise decir de haber madurado… es que mi mochila se ha encogido.

    Hubo un tiempo en que esa mochila estaba llena. Y, como aprendí en el Camino de Santiago, una mochila demasiado cargada hace que uno deje de disfrutar el camino. Recuerdo que el primer día metí todo lo que pensé que iba a necesitar. A los pocos días ya estaba regalando cosas. Había cargado durante kilómetros objetos que nunca usé. Años después entendí que con la vida había hecho exactamente lo mismo.

    Lo peor era que esa mochila estaba llena de cosas que ni siquiera eran mías. Iba a reventar de “deberías”, de “qué va a pensar la gente”, de sueños prestados y miedos heredados.

    Hoy pesa mucho menos. No es que me haya vuelto inmune a las voces externas. Es que estoy aprendiendo a distinguir cuáles me sirven… y cuáles no. He dejado de empacar juicios ajenos, de perseguir deseos que no eran míos y de cargar expectativas ajenas sobre mi manera de vivir, amar, criar, trabajar o envejecer. Y cada año saco algo más.

    Hay cosas que pesan tanto que primero hay que darse cuenta de que las estamos cargando. La mía se fue haciendo más pequeña casi sin que lo notara. O quizá no fue la mochila. Quizá fui yo. Descubrí que ya no necesitaba una mochila tan grande.

    No fue solo lo que dejé. También descubrí que había muchas cosas que nunca debieron entrar. Ahora tengo espacio para lo que sí me pertenece: mi voz, mis decisiones… incluso mis errores. Porque también me pertenece la libertad de equivocarme sin tener que complacer. Y eso hace que la vida se vuelva mucho más liviana.

    En esta etapa ya no me interesa acumular más. Me interesa caminar mejor. Y lo que más me gusta de crecer es descubrir que, cuando sueltas lo que nunca fue tuyo, la mochila no solo se encoge. También deja espacio para lo que de verdad importa.

  • Hace muchos años, en nuestros viajes en familia, nos pasaba algo curioso: dondequiera que íbamos terminábamos haciendo amigos rápido. Siempre aparecía gente amable, conversaciones largas y esa sensación de: “qué gente tan chévere”.

    Un día, saliendo de una comida, una de las niñas dijo: “Qué suerte la nuestra encontrándonos siempre gente tan chévere”. Y sin pensarlo mucho solté: “O los chéveres somos nosotros.” 😅

    La frase se volvió un clásico en la familia. La repetíamos entre risas, pero con el tiempo dejó de sentirse como un chiste y empezó a convertirse en algo que de verdad queríamos lograr.

    Porque nosotros nos preparábamos para viajar. Aprendíamos un poco del país, de su gente, de su cultura, de su comida. Aprendíamos a decir buenos días, gracias y por favor en otro idioma. No era para impresionar a nadie. Era una forma de decir: “Estoy entrando a tu casa y quiero hacerlo con respeto”.

    Y sin darnos cuenta esa actitud “chévere” no se quedó solo en los viajes.

    Se metió en la vida normal. En las amistades viejas y las nuevas. En una mesa compartida. En el desconocido del elevador. En la persona que llega por primera vez a un grupo y todavía no sabe dónde sentarse.

    Con los años creo que entendí algo: muchas veces pensamos que las personas especiales simplemente aparecen en nuestra vida, como si fueran una especie de lotería humana. “Qué suerte encontrarnos gente buena”, “qué suerte encontrar personas afines”, “qué chévere caerle bien a la gente”.

    Pero quizás no es solo suerte.

    Quizás también existe una forma de mirar a los demás. Una forma de recibirlos.

    Porque cuando uno llega a un lugar con curiosidad, con respeto, con ganas genuinas de escuchar, algo cambia.

    Y no sé explicar bien cómo pasa.

    A veces uno empieza hablando del vino. O de un viaje. O de cualquier tontería. Y de pronto alguien menciona a sus hijos. O habla de una ciudad donde vivió hace años. O dice algo pequeño, casi de pasada: “mi mamá está pasando por algo”, “extraño mi país”, “espérate que te enseñe una foto”.

    Y ahí ya pasó algo.

    Porque uno hace una hora no conocía a esa persona.

    Y ahora está viendo fotos de sus hijos, riéndose de historias familiares o hablando de cosas que normalmente no se cuentan en una conversación por compromiso.

    Este fin de semana nos juntamos con uno de esos amigos chéveres que conocimos hace muchos años en un viaje. Como era de esperar, pasamos un momento maravilloso. Luego nos escribieron después de compartir juntos y coincidieron en que lo importante no fue ni el lugar, ni el vino, ni la comida, ni la ropa que teníamos puesta.

    Sino algo que, como dice Arrebato: 🎶“Gente luminosa… la que te regala tiempo y… se alegra más que yo si tuve un golpe de suerte”🎶

    Tal vez la teoría tenía algo de verdad.

    Porque quizás ser chévere no tiene tanto que ver con caer bien.

    Quizás tiene más que ver con hacer sentir bien.