Una de las cosas que más agradezco de haber envejecido… perdón, quise decir de haber madurado… es que mi mochila se ha encogido.
Hubo un tiempo en que esa mochila estaba llena. Y, como aprendí en el Camino de Santiago, una mochila demasiado cargada hace que uno deje de disfrutar el camino. Recuerdo que el primer día metí todo lo que pensé que iba a necesitar. A los pocos días ya estaba regalando cosas. Había cargado durante kilómetros objetos que nunca usé. Años después entendí que con la vida había hecho exactamente lo mismo.
Lo peor era que esa mochila estaba llena de cosas que ni siquiera eran mías. Iba a reventar de “deberías”, de “qué va a pensar la gente”, de sueños prestados y miedos heredados.
Hoy pesa mucho menos. No es que me haya vuelto inmune a las voces externas. Es que estoy aprendiendo a distinguir cuáles me sirven… y cuáles no. He dejado de empacar juicios ajenos, de perseguir deseos que no eran míos y de cargar expectativas ajenas sobre mi manera de vivir, amar, criar, trabajar o envejecer. Y cada año saco algo más.
Hay cosas que pesan tanto que primero hay que darse cuenta de que las estamos cargando. La mía se fue haciendo más pequeña casi sin que lo notara. O quizá no fue la mochila. Quizá fui yo. Descubrí que ya no necesitaba una mochila tan grande.
No fue solo lo que dejé. También descubrí que había muchas cosas que nunca debieron entrar. Ahora tengo espacio para lo que sí me pertenece: mi voz, mis decisiones… incluso mis errores. Porque también me pertenece la libertad de equivocarme sin tener que complacer. Y eso hace que la vida se vuelva mucho más liviana.
En esta etapa ya no me interesa acumular más. Me interesa caminar mejor. Y lo que más me gusta de crecer es descubrir que, cuando sueltas lo que nunca fue tuyo, la mochila no solo se encoge. También deja espacio para lo que de verdad importa.

