• Hoy me quedé pensando en esa frase de Facundo Cabral:

    “Y si llueve… me mojo. Porque no me encojo.”

    Y yo:

    ¿encogerme? ¿Yo?

    ¿Pero qué soy… tela barata que se lava y sale talla XS emocional?

    Porque de chiquitas nos ponían la barra más alta que la cortina de la sala:

    no te despeines, no te ensucies, siéntate bien, no hagas bulto…pero se niña y aprovecha la infancia.

    Pero la vida… no es una foto perfecta de Pinterest, con un blower dominicano, de esos que dejan china a una africana. Y con las ropas con más combinación que una caja de seguridad. La vida es más bien como confiar en el weather app que decía que no iba a llover… para terminar como gallina mojada en 7 minutos.

    Y lo peor no es mojarse.

    Lo peor es el momento en que uno sigue viéndose en su mente como en la foto de Pinterest:

    Caminando rápido.

    Mirando al frente.

    Como si no estuviera pasando nada…señora, usted está empapada. Todos la ven, como gallina despeluzada.

    Y sí, yo he peleado con la lluvia.

    Con el plan que no salió.

    Con el giro que nadie me consultó.

    Con ese momento donde la vida claramente ignoró mi idea del “look perfecto”.

    Pero después… pasa algo raro.

    Las historias que más cuento…

    nunca son las que salieron perfectas.

    Son las que se dañaron.

    La comida que se quemó.

    El plan que se cayó.

    El día que terminó en cualquier cosa…

    pero uno se rió más de la cuenta.

    Así que sí… me mojo.

    A veces poquito.

    A veces tipo huracán categoría emocional.

    Pero no me encojo.

    Porque encogerse es peor.

    Es vivir tratando de no despeinarse…

    y terminar sin haber vivido nada que valga la pena contar.

    Así que no.

    Si llueve… me mojo.

    Y si ya me mojé…

    bueno.

    Que se dañe el pelo…

    pero que no se me dañe la vida tratando de cuidarlo.

  • En unas semanas vamos para Troya y esta señora está en modo aprender, de la historia, las leyendas y los mitos. Y quedé completamente enganchada con la mitología griega.

    Un simple miércoles por la noche, Tommy le ofreció un Wagyu a Patty y se unieron David y Nicole. Les anuncié que iba a ser todo un banquete griego. Empecé a buscar detalles por toda la casa (¡no faltaba más!, yo soy el departamento de póngalo bonito.) Mantel hermoso, platos bases, platos azules con servilletas a juego…

    Y entonces lo vi.

    En el escritorio de Tommy, la pequeña estatua de Dioniso.

    La traje a la mesa… Ya esto no era cualquier mesa, era una mesa de Dioses.

    Mucho vino, recetas griegas, que me ayudó ChatGPT a elaborar, conversación y cual si fuéramos filósofos de la antigua Grecia empezamos a analizar la mitología griega; no solo desde el concepto sino tratar de entenderlo. Y en medio del vino y la comida, terminamos hablando de eso… de cómo los griegos veían la vida. Sin promesas de orden, sin garantía de justicia. Un mundo donde ni siquiera los Dioses resolvían el conflicto… solo lo reflejaban.

    Al final, no faltaba más, Dioniso era el protagonista de la noche; hijo de Zeus y Sémele. Mitad dios, mitad humano.

    En esta ocasión Zeus no se transformó. No fue toro, ni cisne, ni lluvia dorada. Con Sémele se presentó. Disfrazado de hombre, sí, pero sin esconder del todo lo que era. Atraído por su belleza y su falta de miedo a los Dioses.

    Aparece Hera, esposa de Zeus. Y tienta a Sémele; no entra con fuerza sino con duda. Le siembra una pregunta sencilla, pero peligrosa: “¿Y si no es Zeus? Pídele que se muestre tal cual es”. Y Sémele pide. Y Zeus, atado por su propia promesa, accede.

    Pero Zeus no es forma. Zeus es rayo, es fuego, es poder sin medida. Y cuando se revela, ella no lo resiste. No muere por castigo. Muere por exceso de verdad.

    Zeus rescata al hijo, lo cose dentro de su propio cuerpo hasta terminar de gestarlo. Así nace Dioniso, Dios del vino, del éxtasis, de lo que se desborda, de ese punto donde lo humano y lo divino se mezclan y el control empieza a aflojarse.

    Mientras contaba esta historia, me di cuenta de algo. Dioniso no estaba solo en la mesa. Ya había empezado a ocupar un espacio en nuestras vidas.

    Tommy siempre ha sido control en su máxima expresión. Orden, detalle, estructura. Por eso cuando empezó su cuenta de vinos en Instagram, le regalé una pequeña estatua de Dioniso. No por estética. Más bien por contraste.

    Porque Dioniso no organiza, suelta. No mide, siente. No controla, permite.

    No es que Tommy dejó de ser quien es. Es que empezó a aflojar un poco. A dejar espacio. A no necesitar que todo esté perfectamente definido para poder disfrutarlo.

    Como si Dioniso callado, hubiera encontrado un lugar en su vida.

    Y quizás eso fue lo que me dejó la noche. Que no todo en la vida necesita orden para ser valioso. Que hay verdades que, si llegan sin medida, queman. Pero también hay otras que, cuando llegan en su punto justo, te enseñan a soltar.

    Quizás no soy yo sola. Quizás todos, en algún momento, necesitamos un poco de Dioniso en la mesa.

  • Hay un tipo de amor que llega más tarde… pero llega con una fuerza que uno no sabía que existía.

    El día que conocí a Emma en la clínica, no encontré palabras. No preparé un discurso ni una frase bonita. Solo me salió una canción, de esas que nacen directo del pecho.

    “A-mooo-reee… te amooo…”

    Y ya no se necesitó nada más. Tan pequeña, sin saber quién era yo. Emma no sabe qué son las abuelas, ni por qué me acerco con esa emoción que casi me desborda.

    Pero cuando la tengo cerca, algo en el aire cambia. Huele a pecho tibio, a abrazo antiguo, a un cariño que parece haber existido incluso antes de que ella fuera concebida.

    Con el tiempo entendí algo que me conmovió profundamente: Emma todavía no sabe mi nombre, pero su cuerpo reconoce mi voz. Cuando hablamos por cámara y me escucha cantar, sonríe. Y cuando ve mis lentes… esos círculos rojos… su carita se ilumina.

    Para ella, por ahora, soy simplemente la señora de los círculos rojos.

    Su abú.

    Y en ese descubrimiento también he entendido algo sobre la vida. Emma no ha tenido que ganarse un lugar en nuestro corazón. No ha tenido que demostrar nada, ni ser especial, ni lograr algo.

    Ella llegó… y su lugar ya estaba hecho.

    Y viéndola a ella, así… tan tierna, solo siendo…

    entendí algo: que hay lugares en la vida que no se ganan… vienen con uno.

    Y mientras tanto, yo sigo cantándole lo único que me salió aquella primera vez:

    “A-mooo-reee… te amooo.”

    Tal vez por eso ser abuela se siente distinto.

    No es el amor urgente de cuando una está criando.

    Es un amor más tranquilo, más sabio. Uno que ya no vive corriendo detrás del tiempo ni de las responsabilidades.

    Los abuelos sabemos algo que antes no sabíamos: lo rápido que pasa la vida.

    Y quizás por eso queremos aprovechar esta segunda oportunidad de amar… con más calma, con menos miedo, y con el corazón completamente abierto.

  • Hoy me tocó cerrar un capítulo práctico: la entrega de una casa alquilada, la revisión de muebles, y esa conversación incómoda que siempre aparece al final… el depósito.

    Podría haber elegido lo fácil: quedarme con todo, respaldarme en contratos, en fotos, en “lo que me corresponde”.

    Y no hubiera estado mal.

    Pero tampoco hubiera sido completamente yo.

    Porque hay decisiones que no se toman desde el derecho, sino desde la coherencia.

    La casa volvió limpia. Cuidada. Habitada con intención.

    Los muebles… sí, más gastados.

    Pero también, honestamente, ya no eran los mismos que yo elegiría hoy.

    Y eso también es verdad.

    Podría contar la historia desde la pérdida, desde lo que se deterioró, desde lo que ya no sirve.

    O puedo contarla desde lo que sí fue: un espacio vivido, un acuerdo que —con sus imperfecciones— se sostuvo sin conflicto.

    El inquilino hoy negocia. Es natural. Todos defendemos lo nuestro.

    Y por primera vez… yo también.

    Pero no desde la rigidez, ni desde la necesidad de ganar.

    Sino desde ese punto medio que no siempre es exacto… pero sí se siente en paz.

    Ni todo para mí.

    Ni todo para él.

    Lo suficiente para cerrar bien.

    Porque al final, no estoy resolviendo muebles. También estoy lidiando con la última conexión material con nuestra vida en República Dominicana.

    Y en este momento estoy practicando algo mucho más importante:

    la forma en la que quiero relacionarme con el dinero, con los acuerdos… y conmigo misma.

    Y hoy entendí algo:

    lo justo no siempre se siente cómodo,

    pero la paz… sí se reconoce.

    Y hoy, eso vale más que cualquier depósito.

  • Siempre me reía de las viejitas que se llevaban las cremas de los hoteles.

    “Por favor —pensaba—, ¿para qué cargar con eso?”

    Hasta hoy.

    Estaba limpiando mi estuche de viaje y apareció un pequeño frasco olvidado:

    body lotion, lemongrass & ginger — The Apurva Kempinski, Bali.

    Iba directo al zafacón…

    pero decidí abrirlo.

    Y bastó una bocanada para volver allí.

    El cuerpo recordó antes que la mente:

    la penumbra del spa, el murmullo del mar,

    las batas iguales, las risas cómplices antes del silencio.

    Dos camillas frente al océano.

    Las manos expertas de Wayan y Ayu desatando nudos.

    Los aceites tibios sobre la piel, el aroma de jengibre y hierba fresca flotando en el aire.

    Y la protesta de Tommy cuando Ayu le dijo:

    “Sir, your massage is finished.”

    Entre respiraciones sincronizadas,

    sentí que el tiempo se detenía.

    Dicen que la memoria olfativa no pasa por la razón.

    Va directo al alma.

    Y tenían razón.

    Ese frasquito me devolvió un instante de pura paz,

    de placer sin pretensión,

    de “esto hay que repetirlo algún día”.

    Ahora entiendo a las viejitas.

    No se llevan las cremas.

    Se llevan la posibilidad

    de volver por un instante

    a un lugar donde fueron felices.

  • En Sri Lanka aprendí que la espiritualidad puede viajar cómodamente en el tablero de un tuk-tuk morado.

    Nuestro guía, Tharanga, manejaba con esa calma misteriosa que tienen algunas personas cuando están haciendo algo que a los demás nos parece ligeramente suicida. El tráfico alrededor era una coreografía caótica de autobuses enormes, motocicletas que aparecían de la nada, peatones cruzando con fe absoluta en el destino y otros tuk-tuks que parecían haber firmado un pacto colectivo para tocar la bocina cada tres segundos.

    Mientras él zigzagueaba con la naturalidad de quien ha hecho eso toda su vida, yo trataba de relajarme recordando que millones de personas sobreviven diariamente al tráfico de Colombo. Fue entonces cuando miré el tablero frente al volante… y entendí que Tharanga no estaba manejando solo.

    Ahí estaba Buda, con su serenidad imperturbable. A su lado, Ganesha, con su cabeza de elefante y su fama de quitar obstáculos —lo cual, en ese tráfico, parecía una habilidad muy útil—. Un poco más allá, Garuda, mitad hombre y mitad ave, listo para levantar vuelo si las cosas se complicaban demasiado. Y entre ellos, perfectamente integrados, un Jesucristo con su mano levantada en señal de bendición y una Virgen que también vigilaba el camino desde su pequeño pedestal.

    Era, sin exagerar, el comité interreligioso más eficiente que he visto.

    Le pregunté a Tharanga si todos eran suyos. Se rió con una simplicidad que parecía resolver siglos de discusiones teológicas en una sola frase:

    “Mientras más protección, mejor”.

    Y seguimos avanzando.

    Mientras el tuk-tuk se abría paso entre el caos con una mezcla de habilidad, intuición y probablemente algo de intervención divina colectiva, yo miraba ese pequeño altar improvisado y pensaba que, curiosamente, ese tablero tenía más convivencia religiosa que buena parte del mundo.

    Reconozco varios de esos nombres. Conozco las historias, los templos y las tradiciones que los rodean. Pero, mirándolos ahí juntos, compartiendo espacio sin ningún drama, me vino una idea muy simple: si a todos esos dioses les quitáramos el nombre, el idioma en que se les reza y la historia particular que cada religión construyó alrededor de ellos, probablemente descubriríamos que el mensaje central no es tan diferente.

    Casi todos, de una forma u otra, terminan apuntando al mismo lugar: amar más, tener compasión, cuidar al otro, intentar no hacer daño innecesario y esforzarse por ser hoy un poquito mejor de lo que uno fue ayer.

    Nada demasiado complicado.

    Lo complicado lo hemos puesto nosotros.

    Porque los humanos tenemos un talento particular para discutir por el nombre del camino en lugar de caminarlo. Convertimos las creencias en banderas, las banderas en fronteras y, de repente, lo diferente deja de ser interesante y pasa a ser sospechoso, incorrecto o incluso peligroso.

    Mientras tanto, en el tablero del tuk-tuk de Tharanga, Buda, Ganesha, Garuda, Jesucristo y la Virgen viajaban juntos sin ningún problema, como si la diversidad espiritual fuera lo más natural del mundo.

    Y tal vez lo es.

    Quizás el nombre cambia, la historia cambia, la cultura cambia… pero el centro casi siempre termina siendo el mismo:

    Amar más.

    Tener más empatía.

    Y evolucionar un poquito.

    Ser hoy mejor de lo que éramos ayer.

    Confieso que desde ese día me gusta la idea de ese pequeño altar improvisado. No porque necesite tantos dioses vigilando mi vida, sino porque me recuerda algo sencillo: el viaje puede ser caótico, el tráfico del mundo a veces es un desastre… pero cuando el propósito es avanzar con un poco más de amor y humanidad, parece que siempre hay espacio para que todos viajen en el mismo tuk-tuk.

    Fue hermoso cómo Tharanga, con su altar lleno de dioses, decidió que dos desconocidos del otro lado del mundo —quizás solo porque llevábamos camisas típicas iguales— también podían ser familia.

  • A veces me pregunto qué hemos ido dejando de lado mientras celebramos el “progreso”.

    Desde la Revolución Industrial, al hombre se le redujo a un solo rol: proveedor. Se lo apartó del hogar y de la posibilidad de estar presente en la crianza cotidiana. Su valor comenzó a medirse en salario. Y aunque cumpliera con su papel, algo quedaba mutilado: el tiempo, la ternura, la oportunidad de ver crecer y ser una figura cercana.

    La mujer, por su parte, fue encasillada en el otro extremo. Se le asignó el cuidado del hogar como destino exclusivo. Mientras criaba, sostenía y organizaba la vida familiar, se le negaban derechos, participación y reconocimiento. Era imprescindible, pero invisible.

    Más tarde, llegaron corrientes que quisieron reparar esa injusticia.

    —“Sal de la casa, sé libre trabajando.”

    Abrir espacios era urgente y necesario. Y se abrieron. Pero la libertad vino acompañada de una trampa sutil: el modelo de éxito no cambió, solo se duplicó. La independencia se entendió como imitar al proveedor, pero sin soltar la responsabilidad del hogar y los hijos.

    Hoy muchas mujeres crecen con un mensaje implícito: antes de pensar en hijos, asegúrate de no depender de nadie. Construye tu autonomía como quien construye un plan de escape. Como si el fracaso estuviera previsto incluso antes de comenzar.

    Y no es un miedo infundado. Venimos de generaciones de mujeres que fueron sometidas o maltratadas por no poder salir de relaciones abusivas. Otras quedaron solas, sin recursos ni herramientas para sostenerse a sí mismas y a sus hijos.

    Cuando finalmente decidimos ser madres, la tensión no desaparece; se transforma.

    Si me quedo en casa, siento que desperdicio años de estudio.

    Si trabajo, siento que delego lo irremplazable.

    Si intento hacerlo todo, vivo agotada intentando ser impecable en dos mundos que no admiten errores.

    Antes las mujeres necesitaban permiso para salir del hogar.

    Hoy necesitamos dar explicaciones si decidimos habitarlo.

    Y en medio de esta nueva exigencia acumulada, algo sigue quedando desprotegido:

    los niños, criados entre agendas fragmentadas;

    los ancianos, desplazados a soledades institucionalizadas;

    el cuidado —esa tarea esencial, humana, insustituible— reducido a algo “menor”, como si sostener la vida no fuera también construir futuro.

    Progresamos, sí.

    Pero también aprendí a mirarme con culpa. A sentirme insuficiente si me quedo y desalmada si me voy. A creer que solo somos dignas del espacio que ocupamos si somos económicamente independientes, o solo buenas madres si nos quedamos.

    Yo, como muchas mujeres, me sentí pequeña en reuniones donde se hablaba de ascensos, clientes y tribunales.

    Otras se sintieron insuficientes al salir antes de la oficina para llegar a un acto escolar.

    Y casi todas, en algún momento, cargamos con la sensación de no estar haciendo lo suficiente.

    ¿De qué nos sirve progresar económicamente si en el camino vamos dejando lo más valioso?

    ¿De qué nos sirve ganar autonomía si al mismo tiempo normalizamos que la ternura y la presencia no cuentan?

    ¿De qué nos sirve conquistar derechos si seguimos midiendo la vida solo en términos de productividad?

    Tal vez el verdadero progreso no sea elegir entre hogar o fábrica, entre pañales o títulos.

    Tal vez esté en reconciliar lo productivo con lo humano, lo visible con lo invisible.

    En valorar el cuidado, dignificarlo y repartirlo.

    Pero también —y sobre todo— en liberarnos de expectativas rígidas que nos obligan a encajar en moldes imposibles.

    Yo ya me liberé de dar explicaciones o sentirme culpable por lo que no pude hacer mejor. No creo que exista una sola receta que nos sirva a todas. A cada una nos toca un camino distinto.

    Pero si pudiera decirle algo a mis hijas —y a las mujeres que comienzan este recorrido— es que el balance nunca estará en cumplir lo que los demás esperan, sino en escuchar lo que cada etapa de la vida va pidiendo.

    Tienes permiso para quedarte.

    Tienes permiso para irte.

    Tienes permiso para hacer ambas cosas —aunque no al mismo tiempo— y para reinventarte tantas veces como sea necesario.

    Porque al final, el verdadero equilibrio no se mide en productividad ni en sacrificio, sino en poder mirarte al espejo y reconocer, con paz, a la mujer que eres.

    Y quizás, cuando logremos eso, podamos llamar a eso progreso.

  • Todo empezó con una alfombra que traje de Turquía. Me pareció hermosa cuando la vi, de esas piezas que uno siente que tienen historia y carácter. La imaginé en la sala, como un statement piece que hablara de nuestros viajes.

    Pero cuando llegó a casa, nada encajó como lo había imaginado: ni el tamaño era el correcto ni los colores dialogaban con lo que ya existía. Y ahí apareció algo que no tenía que ver con decoración, sino con culpa. Culpa por haberla comprado, por no haberlo pensado mejor, por sentir que ahora tenía que justificar su presencia.

    En el intento de “rescatarla”, decidí ponerla en mi habitación. Entonces surgió otro obstáculo: el papel de pared que me encanta, pero que visualmente no convivía con la alfombra. Y así empezó la cadena.

    No cambiaba el papel porque no encontraba quién lo removiera.

    No cambiaba la colcha porque tenía que combinar con una alfombra que no estaba puesta.

    Y no ponía la alfombra porque primero tenía que cambiar todo lo demás.

    Sin darme cuenta, convertí una simple pieza de decoración en el centro de un enredo mental que me dejó paralizada.

    En medio de ese proceso empecé a mirar mi habitación con otros ojos, como si de pronto hubiera dejado de ser suficiente. El lugar donde paso más tiempo comenzó a sentirse incómodo, no porque hubiera cambiado, sino porque yo ya no lo veía igual.

    Empecé a escuchar opiniones externas y, en un momento de inseguridad, algo que antes me gustaba dejó de parecerme bonito. Y entendí que lo difícil no es reorganizar la casa, sino recuperar la confianza en mi propio criterio.

    Así, lo que comenzó con una alfombra terminó cuestionando mi manera de habitar mi espacio y, sin darme cuenta, mi manera de habitarme a mí misma. Porque el problema nunca fue la alfombra, ni el papel, ni la colcha. Fue dejar de confiar en lo que me gustaba antes de empezar a dudar.

    Hoy lo veo con claridad: la alfombra no necesitaba ser rescatada ni convertirse en el centro de decisiones imposibles. Era solo una alfombra.

    La que necesitaba volver a su lugar era yo.

    A veces no nos castigamos quitándonos cosas, sino complicando tanto las decisiones que terminamos sin disfrutar nada. Lo más difícil no es acomodar la casa, sino volver a confiar en lo que nos daba paz antes de que todo se volviera ruido.

    Quizás la verdadera magia no estaba en la alfombra, sino en recuperar la tranquilidad de que mi espacio puede ser imperfecto…

    y aun así sentirse completamente mío.

  • Querido Papi:

    Hay días como hoy en los que, como dice la canción, tu ausencia se me nota.

    Hoy ya tendrías más de ochenta años. Pero al parecer esos no eran los años que te tocaban. Te fuiste joven, con el mismo espíritu inquieto y burlón con el que viviste, y así toca recordarte: en movimiento, riéndote, con esa media sonrisa ladeada que anunciaba que venía un chiste —o una verdad dicha sin anestesia.

    Con el paso del tiempo, lejos de diluirse, tu ausencia se agudiza. Se hace más evidente con cada aventura vivida, con cada cambio de rumbo, con cada logro que instintivamente quiero contarte.

    No soy solo el 50% de tus genes. Soy lo que vivimos juntos. Soy tu gracia para contar historias, tu desparpajo al hablar, tu vocabulario florido —que me sé casi completo aunque a veces lo edite—, tu perspicacia para saber quién sí y quién no, tu manera inclusiva de sentarte a la mesa con cualquiera, tu solidaridad casi automática, tu generosidad afectiva y esa disciplina tuya con el dinero (que a veces bordeaba la tacañería): ahorrar, no deber, dormir tranquilo. También soy la que aprendió de ti que el humor es una forma de inteligencia y un escudo contra la dureza del mundo.

    No te imaginas cuántas veces te he llamado.

    Te llamé para contarte que Gaby se graduó, que Nicole se graduó, que Gaby se volvió a graduar y consiguió trabajo. Para que vieras las orquídeas floreciendo en mi patio en Miami y las casitas de pájaros que construimos nosotras mismas. Para que me acompañaras en mi pleito eterno con las palomas que ponían su firma en el borde de la piscina. Te llamé a quejarme de lo duro que fue el primer año emigrando, empezando de nuevo. Y también para confesarte la burrada que hice la primera vez que me tocó echar gasolina sola en este país.

    Te llamé el 14 de diciembre para decirte que me había hecho ciudadana española, como tú, cerrando un círculo que empezó mucho antes de que yo lo entendiera. Te llamé para contarte que mi título de abogada, aunque no lo ejerza formalmente, me ha servido más de lo que imaginaba: me enseñó a pensar, a argumentar, a defenderme y a no aceptar un “no” sin antes revisarlo por todos los ángulos. Quédate tranquilo, ha rendido frutos.

    Te llamé cuando decidí hacer el Camino de Santiago y te volví a llamar desde Galicia, la tierra de abuelito, con los ojos nublados por la emoción y el viento húmedo pegándome en la cara. Te conté de los paisajes verdes, de cada pulpo a la gallega que me comí en tu honor, y de cómo tu jocosidad me empujaba en las subidas más duras, como si fueras caminando a mi lado, burlándote de mi cansancio y de mi decisión de “hacer esa vaina a pie”.

    Te llamé desde Inglaterra para reclamarte, medio en serio medio en broma, que mira a Isabel todavía seguía reinando en ese momento y tú ya no estabas. Te llamé en uno de mis cumpleaños para contarte que el regalo fue ir a un rodeo, y pensé cuánto te habría gustado.

    Te llamé para contarte que en Davie, la ciudad vecina de Cooper City, Fl. hay señales de cruce de caballos y que en los semáforos existen dos botones: uno a la altura de los peatones y otro para los jinetes. Estoy segura de que esa vaina te habría encantado.

    Te llamé cada diciembre a preguntarte qué día iríamos a comprar los regalos de Navidad, y te decía que debías estar feliz porque ya podíamos comprar también para varones. Te llamé desde Bratislava, en medio de un viaje improbable, para preguntarte si sabías dónde carajo quedaba eso. Te llamé para hablar del primo Pablo y confirmar que no puede negar que es Ortega. Te llamé para seguir escribiendo contigo los capítulos de esa “parte negra de la historia” familiar que solo tú sabías contar completa. Te llamé para pedirte que, si pasaba la señora del burro, me guardaras turrón de coco, y para preguntarte si el fin de semana iríamos a Maimón a comer pescado o al manguito a comer cangrejos.

    Te llamé para contarte que, cuando me hice ciudadana americana, me modificaron la parte del juramento relativa al porte de armas. Desde aquella vez en que Josian y yo tomamos un rifle sin permiso y casi matamos al perro, supe que las armas no eran lo mío. También te llamé para decirte que compramos otro apartamento y que, sí, nos mudamos otra vez.

    Y hubo días en que no te llamé… pero igual te hablé. En la cocina, manejando, antes de entrar a una conversación difícil. Porque hay diálogos que no necesitan teléfono.

    Hoy te llamé temprano para recordarte que siempre vas a ser mi primer San Valentín. Para decirte que te amo. Que sigues siendo parte de mis días, aunque en otra dimensión. Que tu ausencia se me nota, sí, pero también se me nota tu presencia en lo que soy, en lo que hago y en la forma en que camino el mundo.

    Al final, Papi, no te fuiste del todo. Solo cambiaste de lugar en la mesa.

  • Hace unos días me topé con uno de esos vídeos que iluminan lo cotidiano. La profesora @carmenamoresrv hablaba sobre las diferencias entre ser y estar, y luego en otro vídeo sobre por y para. Y aunque lo explicaba como parte de su enseñanza del español para extranjeros, a mí me hizo total sentido desde otro lugar: el emocional. Porque los idiomas no solo se aprenden… también se sienten. De ahí nació este texto.

    En inglés todo se resuelve con un simple to be. Un solo verbo para existir, para sentir, para estar. Pero en español no. Nosotros, tan apasionados, necesitábamos dos: ser y estar. Porque no es lo mismo ser feliz que estar feliz, ni ser loca que estar loca (aunque algunos días, la línea es delgada.

    Ser es esencia: lo que somos aunque cambien los planes, las hormonas o el clima. Estar es estado: cómo nos encuentra el día, el espejo o la báscula.

    Y así vamos, haciendo equilibrio entre los dos: soy fuerte, pero hoy estoy que no me hablen. Soy agradecida, pero estoy al borde del colapso. Soy luz, pero estoy con cara de eclipse.

    Porque la vida no pide que seamos felices todo el tiempo… solo que estemos presentes. Que estemos, incluso cuando no tengamos buena cara. Que seamos, incluso cuando todo afuera se desordena.

    Pero no solo sentimos distinto. También andamos distinto.

    En inglés, con un simple for, resuelven propósitos, razones, excusas y motivaciones. Un for y listo. Sin dilemas gramaticales, sin tanto drama.

    Pero claro, nosotros no. Nosotros necesitábamos dos: por y para. Porque no es lo mismo hacer algo por amor que hacerlo para el amor.

    Por habla del camino: de las razones, los impulsos, los días en que seguimos andando sin saber muy bien por qué. Para mira al destino: los sueños, las metas, ese lugar al que ojalá lleguemos sin perder la risa.

    Y ahí vamos también, tratando de traducirnos: haciendo ejercicio por salud, pero también para caber en los jeans; trabajando por necesidad, pero para sentirnos capaces; viajando por curiosidad, pero para encontrarnos; amando por costumbre, pero ojalá siempre para vivir bonito.

    Porque los idiomas no solo comunican lo que pensamos, también interpretan cómo sentimos. Son más que contexto: son una forma de mirar el mundo, de explicarnos, de encontrarnos… y de perdernos un poco también.

    Al final, vivir en español es aceptar que no todo se traduce, y que tal vez ahí esté la magia. Que no hay que elegir entre ser o estar, ni entre por o para.

    Vivir ligera no es hablar perfecto, sino sentir profundo. Es moverse con gracia entre lo que somos y cómo estamos, entre lo que nos impulsa y lo que nos inspira. Es ser esencia. Estar presente. Andar por lo que fuimos. Y seguir para lo que queremos ser.

    por amor, por salud, por café ☕

    para reírme, para seguir.

    vivir ligera, siempre que se pueda.